Son bastantes los grupos de hermanos cristianos no católicos que se acercan con el afán de hacer proselitismo entre hermanos católicos ofreciendo una experiencia de Cristo y tratando de allegarlos a su grupo religioso. Cuando esto sucede una primera alarma se dispara en el subconsciente del católico (independientemente de que sea practicante o no): “aceptar acudir a esta iglesia es renunciar a la fe que heredé de mis padres”, (a veces más preocupados por el agravio a los progenitores que del agravio a la propia fe, pero al menos, para efectos de guardar el 4° mandamiento, la consideración vale), esta alarma interior, aunque nacida no propiamente de la experiencia de fe, sino de respetos humanos (en este caso a los padres) es de cualquier forma suficientemente poderosa para que el hermano católico levante la guardia y se niegue a aceptar la invitación que le ofrece el no católico.
Sin embargo, estos grupos cuya capacidad de argumentación y de persuasión al menos hay que reconocerles, tienen un discurso para evitar que el católico sienta que está traicionando la fe de sus padres: “en nuestra Iglesia creemos lo mismo que los católicos”, incluso les comentan que no hay inconveniente para que ellos sigan acudiendo a la Iglesia católica, al mismo tiempo que asisten al culto de su iglesia.
La trampa está tendida: “no hay aparentemente conflicto entre lo que me enseñaron de pequeño y lo que me invitan, puedo seguir siendo católico y asistir a esta otra experiencia de fe”, la guardia está baja, no ha habido una profundización de la fe y por tanto se está totalmente expuesto a asistir a la nueva “congregación”, “iglesia”, “hermandad”, “experiencia” o como sea que se presente este grupo y a dejarse engañar por una doctrina que aparenta ser igual a la mía, pero poco a poco y sin ser perceptible, se va dejando de celebrar, estudiar, creer y amar lo que representa los fundamentos de nuestra fe católica. Desafortunadamente en este punto, nuestro querido hermano católico engañado, difícilmente puede darse cuenta de los errores de esta nueva fe, porque nunca estudio la verdadera doctrina y además ya ha sido catequizado en esta nueva creencia que le ofrece una experiencia de Dios a la cual difícilmente renunciará. En resumen, nuestro pobre hermano, nunca sabrá lo que perdió.
Es por eso que desde un principio, querido hermano católico, ante el argumento de estos grupos religiosos, deberías hacer las siguientes preguntas, a fin de determinar si efectivamente estos hermanos que te invitan creen lo mismo que nosotros:
- ¿Creen que Cristo es Dios Hijo, Verbo eterno de Dios Padre nacido de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo?
- ¿Creen que después de su resurrección fundó Su Iglesia sobre la roca de Pedro y los apóstoles?
- ¿Creen en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica, la Comunión de los santos, el Perdón de los pecados y la Vida eterna?
- ¿Creen que antes de volver al Padre, Jesús dejó los 7 Sacramentos para la edificación y santificación de los hombres y que constituyó a la Iglesia como su legítima administradora?
- ¿Creen que está vivo y verdadero en el Pan y el Vino consagrados con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y celebran diariamente el Santo Sacrificio de la Misa, según las normas y rúbricas de la Iglesia Católica?
- ¿Creen que María es Madre de Dios, concebida sin pecado, siempre Virgen y que fue asunta a los cielos?
- ¿Creen que el primado de Pedro subsiste actualmente en la persona del Obispo de Roma, el Papa?
Hermano católico, si tu interlocutor no contesta con un simple y rotundo Sí a TODAS las preguntas, sino que inicia una verborrea de peros, argumentaciones, citas bíblicas y demás elucubraciones para evitar decir la palabra NO... ni lo dudes un segundo: ese grupo “cristiano” no cree en la Sana Doctrina de la cual la Iglesia Católica es depositaria y que recibió de Cristo mismo, y por lo tanto, no es para nada equiparable a Nuestra Iglesia, da media vuelta y ni te preocupes por participar de una discusión con ellos... como dice San Pablo, “...eviten las discusiones inútiles que sólo sirven para perdición de quienes las escuchan” (2 Tim. 2, 14).