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lunes, 5 de julio de 2021

Una espiritualidad desde la liturgia cantada

 


         La vida del cristiano debe ser un continuo caminar para alcanzar en sí mismo la estatura de Cristo, es decir, llegar a encarnar en su vida propia las palabras del apóstol “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”(Gal 2,20). Llegar a reflejar en nosotros, ante el Padre, la imagen de su Hijo amado es una labor en la que deberemos dedicar todos nuestros esfuerzos y representar para nosotros una santa obsesión: llegar a alcanzar la estatura de Cristo según la voluntad del Padre.

       Este trabajo, que nos ha llevar toda la vida, es lo que en teología espiritual se conoce como el camino ascético y místico de la vida cristiana, camino con el que permitimos que Dios vaya labrando en nuestra vida mediante su Espíritu Santo la imagen de su Hijo amado en nosotros. En esta labor, nosotros sólo ponemos de nuestra parte la cooperación libre de la voluntad y total entrega a su plan divino, casi nada, pero si no ponemos de nuestra parte ese “casi nada”, Dios no podrá poner el “casi todo” que a Él le corresponde.

     Para lograr este crecimiento en nuestra vida, la Iglesia, a lo largo de su historia milenaria, ha ofrecido a sus hijos, diferentes y variadas escuelas de espiritualidad, todas de probada eficacia, de acuerdo a las condiciones históricas y personales de cada uno de sus hijos. Sin embargo, todos estos diferentes caminos convergen en una sola realidad colosal e imprescindible para el cristiano: la celebración del Misterio de Cristo en su Liturgia. Llamamos Liturgia a la celebración de los siete Sacramentos de la Iglesia, (de los cuales la celebración Eucarística representa la cumbre y la fuente  de todos los demás), y la oración pública de la Iglesia, contenida en el Oficio Divino o también llamada Liturgia de las horas.

    Ningún camino espiritual que tenga como finalidad llegar a Dios Padre mediante el único camino otorgado a los hombres que es su Hijo Santísimo, Nuestro Señor Jesucristo puede prescindir de la Liturgia, ya que los Sacramentos son la vía ordinaria con la que Jesucristo derrama su Gracia sobre nosotros, Gracia sin la cual, el crecimiento espiritual es imposible, como lo dijo nuestro Señor: “Sin mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5)

    El cristiano tendrá entonces mucho cuidado de huir de cualquier espiritualidad (dentro y fuera de la Iglesia) que le presente un camino que no pase por la Liturgia, de manera particular por el Santo Sacrificio de la Misa.

   Cuando entendemos eso, nos damos cuenta del lugar protagónico que juega la celebración de la Eucaristía en nuestra propia santificación, ya que si consideramos que la Liturgia es la prolongación en nuestra realidad terrenal de la eterna Liturgia del cielo, resulta de manera natural llegar a la conclusión de que cada Misa a la que asistimos es la participación ya desde aquí y desde ahora de la Gloria que algún día esperamos tener en el cielo. La Iglesia, al celebrar el Misterio de Cristo, nos introduce en el cielo para gozar anticipadamente de la Gloria de los bienaventurados.


   Dentro de esta realidad colosal e inefable, la música (y si quisiera ser más exacto podría decir: el canto) ofrece un servicio singular a la Iglesia congregada para celebrar el Misterio: crea la atmosfera y permite expresar las verdades que suceden ante nuestros ojos, tanto para mostrarlas más claramente a los fieles, como también para que los fieles puedan expresar, como Iglesia que son, los mismos sentimientos de Cristo en su Sacrificio del cual están participando en esos momentos.

     Bajo estas consideraciones, nos es más fácil reconocer, el papel tan importante que tiene el canto en la celebración de la Santa Misa y la relevancia que tiene el ministerio del coro en ella, de ellos dependerá la claridad con que la celebración exprese su índole escatológica y espiritual de la cual hemos hablado en los párrafos anteriores. Si bien, sabemos que los Sacramentos, por ser acciones de Cristo, son en sí mismos eficientes para crear y otorgar la gracia, de manera que nada podemos hacer los hombres para otorgarle más valor a una acción ya perfecta y plena realizada por Jesucristo, también es verdad que la manera en que “vistamos” esa acción litúrgica, ayudará a la Iglesia a expresar y profundizar las realidades en ella encerradas, permitiendo a nuestros hermanos ir creciendo cada vez en la conciencia de estas realidades, crecimiento al que nos referíamos al inicio de esta reflexión.

      Si reflexionamos en lo que hemos escrito hasta ahora, reconoceremos que el canto litúrgico, o mejor dicho, la liturgia cantada es en sí misma un camino de crecimiento espiritual que nos permite adentrarnos en los misterios de nuestra fe, ayudándonos en nuestra tarea de cooperar en la obra de Dios en nosotros: nuestra propia santificación.

       Y quise precisar la “liturgia cantada” antes que “canto litúrgico”, para aclarar algo fundamental: el canto litúrgico, más que ser un elemento musical que agregamos a la liturgia o un repertorio con el que resolvemos “vacíos” que hay que llenar con “algo” para que la asamblea tenga algo que escuchar o cantar para que no se canse en la celebración, el canto litúrgico (decía) es parte integral de la misma liturgia (SC 112), es decir, es (debe ser) la expresión cantada de los mismos textos litúrgicos, para reflejar más fielmente su sentido, permitiendo llegar más profundamente al corazón de los fieles. En palabras más sencillas que usamos regularmente los coros: “Nosotros no cantamos en Misa, nosotros cantamos la Misa”.

     Es por eso que no es posible cantar cualquier canto dentro de la celebración de la Eucaristía, debemos ser muy cuidadosos y rigurosos en su elección, de manera que cada canto utilizado sea reflejo fiel de lo que la Iglesia quiere expresar a Nuestro Señor en ese momento, no olvidemos que, como decía el Beato Dom Columba Marmión: “la Liturgia es el diálogo de amor entre Cristo y su esposa, la Iglesia”, pues bien, los cantos que el coro elije en cada celebración, deben ser fieles a ese diálogo que la Iglesia nos propone. Insisto: No podemos cantar cualquier cosa sólo porque nos gusta o le gusta al sacerdote celebrante o a la asamblea, debemos atender qué nos pide cantar la Iglesia en ese momento específico.

    Para eso, el coro debe conocer las recomendaciones que la misma Iglesia propone para cada momento de la celebración (fidelidad al texto litúrgico en el caso de los cantos del ordinario  y de las aclamaciones de la celebración, utilización de las antífonas de entrada, de ofertorio y de comunión propuestas en el gradual, que el canto responda al momento litúrgico que se está celebrando y al tiempo litúrgico que se está viviendo, entre otros criterios más) recomendaciones que encontramos en la Instrucción General para el uso del Misal Romano (IGMR por sus siglas) el coro y director de coro que no haya leído estas instrucciones que nos da la Iglesia, debe empezar por leerlas y atenderlas si quiere ser fiel al ministerio que tiene encomendado. (Actualmente con la ayuda del Internet, sólo es necesario teclear en cualquier buscador “IGMR” para poder acceder a ese material tan valioso para cualquier ministro de la liturgia).

    Cuando el coro, fiel a las recomendaciones de la IGMR y atento a los textos recomendados por la liturgia, logra, como ya antes dijimos, “cantar la Misa” y no solamente “cantar en Misa”, brinda un invaluable servicio a la Iglesia, convirtiéndose en un instrumento por el cual da Gloria a Dios y coopera a la santificación de los fieles de su comunidad. Dichoso el coro que logra esto en las celebraciones en las que canta, de esta manera logrará hacer de la liturgia cantada un camino de crecimiento espiritual para los miembros del coro y de la asamblea a la que sirve.


   ¿De qué manera la música litúrgica crea escuela de crecimiento espiritual?, ¿cómo pueden los coros tomar este camino espiritual para sus integrantes y para la comunidad en la que ejercen su ministerio?, esto nos abre un escenario enorme, maravilloso y profundo que iremos barruntando con posteriores reflexiones, te invitamos a sumergirte en el amor entrañable de Dios encerrado en el canto sacro, el viaje apenas inicia y es maravilloso, como nuestro Dios, a Él la gloria por los siglos.

Rafael Sosa de Santiago
Coro Gregoriano Cristo Redentor
Parroquia Dios Padre
Diócesis de Ciudad Juárez
México


miércoles, 7 de marzo de 2018

Oveja perdida, ven



       
        Luis de Góngora y Argote (1561-1627) fue un poeta del Siglo de oro español, a la par de escritores como Lope de Vega, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca y el gran Miguel de Cervantes.

            El Siglo XVI en España fue rico en toda clase de artes, y siendo la fe una parte imprescindible de la sociedad española de aquel entonces, fue una fuente inagotable para la creación artística.

          De ese tiempo nos llega un hermoso poema del ya mencionado, Góngora y Argote que, quienes sigan el repertorio del coro, seguramente reconocerán de inmediato:

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.


Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
donde me subió el amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.


Pasto al fin tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
el traerte yo en el hombro,
o llevarme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho,
que aún los más ciegos las ven.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

            Sí, es el texto de “Oveja perdida, ven”, musicalizado por Antonio Alcalde y que cantamos en cada Cuaresma en el Coro Gregoriano Cristo Redentor.

            Hagamos un pequeño ejercicio de exégesis de este hermoso texto:

            El poema está estructurado con un estribillo de arte menor (siete sílabas) en cuarteto con rima (abba) y dos estrofas de arte menor también, en sextilla.

            Todo el poema tiene un tinte Cristocéntrico y Eucarístico. Escrito en primera persona, presenta un monólogo en el que Cristo (El Buen Pastor) habla al alma del cristiano (la oveja).

            Lo primero que se presenta es el estribillo, que es ya de por sí una declaración de intenciones:

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.


Cristo se presenta como Buen Pastor, lo cual no es una novedad, esta imagen es antiquísima, pues llegamos a encontrar mosaicos con la figura del Buen Pastor incluso en las catacumbas de los primeros cristianos. Lo que constituye una novedad, y revelación a la vez, es el cuarto verso del estribillo, “sino tu pasto también”, es decir, Góngora nos presenta a Jesús no sólo como el Buen Pastor, sino como el “pasto” de la oveja, con clara referencia a la Comunión.

Pero no sólo eso, no hay que olvidar que Cristo se hace pasto de la oveja perdida (“Oveja perdida, ven”): La Eucaristía es un alimento para quien se reconoce débil y pecador, como dice el Papa Francisco:  “aprendemos que la Eucaristía no sólo es una recompensa para los buenos, sino también la fortaleza para los débiles y pecadores. Es el perdón y el sustento que nos ayuda en nuestro camino”. (Congreso Eucarístico; Mumbai, India; 12 nov. 2015). Esta es la razón por la que desde hace más de veinte años, este canto forma parte de nuestro repertorio de Cuaresma como canto procesional de Comunión.



            Las estrofas ahondan el carácter sacrificial de la Eucaristía:

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida
donde me subió el amor.

            Al leer estos versos, inmediatamente viene a nuestra mente la liturgia del Viernes Santo: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo”, canta el sacerdote en el rito de la adoración de la cruz, durante el cual también se canta: “Oh cruz fiel, árbol único en nobleza; jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto”. La primera estrofa de este poema nos recuerda que la Eucaristía es fruto del Sacrificio de Cristo y participación de su Misterio Pascual.

            La muerte de Cristo en la cruz, es pues, la máxima prueba de amor de nuestro Salvador, pero también lo es la participación del cristiano en el banquete eucarístico del Señor:

Si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Es como si el Señor dijera, “Por amor, di la vida por ti en la cruz, ¿quieres mayor prueba de amor?, ahí tienes la Eucaristía por la cual me entrego a ti”

            La segunda estrofa, en un lenguaje lírico exquisito, muestra la maravilla del acto de comulgar del cristiano:

Pasto al fin, hoy tuyo hecho
¿Cuál dará mayor asombro?
¿o el traerte yo en el hombro
O el llevarme tú en el pecho?

            Una vez, ya habiendo comulgado, la imagen se vuelve nítida: el alma del cristiano está en los hombros del Buen Pastor, disfrutando de su amor y su misericordia, pero a la vez, la oveja se ha alimentado del Pastor, convertido en Pasto Eucarístico para ella. ¿Qué será más admirable?, ¿que el Señor nos lleve en sus hombros, o que nosotros (por la Comunión) lo llevemos en el corazón?



            Un texto de gran profundidad teológica y admirable belleza poética, que tenemos el placer y el privilegio de cantar y escuchar durante esta Cuaresma, ¡cuánta belleza y santidad de formas nos perdemos cuando no valoramos estos tesoros escondidos dentro de la litúrgia, utilizando cantos con textos cuasi vacíos, llenos de frases sentimentalistas y autoreferenciales!

            Que el Señor permita que esta Cuaresma nuestro corazón sea fértil en frutos de conversión y caridad para encontrarnos con él en su triunfo pascual.

martes, 13 de febrero de 2018

VEN A MÍ DULCE PAN DE LA VIDA



           Este canto eucarístico es del tiempo del porfiriato mexicano, de los compositores oaxaqueños Tomás Espinosa Corro y el pbro. José Cantú Corro, de donde se explica su marcado estilo romántico de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Cuenta con un estribillo y diez estrofas con versos decasílabos. A pesar de tener un compás cuaternario, su acento en los tiempos 1° y 3° dan un sentido de marcha que le da su carácter de canto procesional.

Es el clásico “canto de abuelitas”; bueno, de las abuelitas o bisabuelitas de nuestra generación, a las que les tocó todavía las celebraciones litúrgicas preconciliares, con velo y rosario en la mano. Canto de los tiempos de “Bendito, bendito”, “Altísimo Señor”, “Oh buen Jesús”, “Amante Jesús mío”, etc.

Desafortunadamente, los coros de hoy en día, desdeñan este tipo de cantos por considerarlos anticuados y aburridos, yo mismo debo confesar que, a pesar de conocerlo desde hace 30 años, no había considerado integrarlo en el repertorio del coro hasta este año por la misma razón. Todavía ahora vemos a este canto como “un canto aparte”, no bonito, un tanto sufrido y a decir de algunos, canto de serenata del siglo pasado y es que sí, no esconde su estilo porfiriano. No lo niego, a simple vista puede ser un canto feo, feo, feo.

            Sin embargo, creo que este tipo de cantos no debería desaparecer de la liturgia. Aunque su estilo musical es notoriamente de finales del siglo XIX, este tipo de cantos fueron compuestos en un período en el que no cualquiera componía cantos litúrgicos y se cuidaba el estilo literario de la letra, además de su contenido teológico. Nada que ver con los modernos “inventos y experimentos” de actuales compositores, sin mucho cuidado en el estilo musical y cuyas letras son más sentimentaloides que devotas, imitando en mucho el estilo “pop” de hoy en día.

La teología de este canto la abordaremos desde varios ángulos, el primero de ellos lo constituyen los títulos que se le dan al Señor: Sacramento adorable, Verbo Santo, Delicia de Dios, Angélico pan de los cielos, Cordero, Maná de los cielos, Lirio del Valle de Hebrón, Pastor adorable, Esposo del alma, Dios del amor.

En primer lugar, es también una costumbre de los cantos de esa época nombrar al Señor con diferentes títulos, unos clásicos de la teología católica y a los que estamos muy acostumbrados (Verbo Santo, Cordero, Maná de los cielos, Pastor adorable, Dios del amor), y otros títulos, inspirados en la devoción particular del autor y no tan utilizados (Sacramento adorable, Delicia de Dios, Lirio del Valle de Hebrón, Esposo del alma). Por estar poco familiarizados con ellos y poseer una gran profundidad teológica, estudiaremos específicamente éstos últimos:

Sacramento adorable: Aunque el título de Sacramento, no es ajeno a nosotros, el hecho de que se acompañe con el adjetivo “adorable” destaca, además de su carácter de alimento (Comunión-Banquete), la presencia permanente de Jesús en la Hostia consagrada, su cualidad de quedarse en las especies sacramentales para ser adorado, y de manera indirecta, el aspecto sacrificial de la Misa. La Misa, además de banquete, es sacrificio; el mismo sacrificio de la cruz, totalmente reverenciable y adorable.  Este ha sido un aspecto poco reflexionado en los últimos años, lo cual ha hecho que, en mi opinión, hayamos perdido la debida reverencia en nuestra liturgia: ¡Asistimos al mismo sacrificio del Calvario, y muchos lo hemos olvidado!, de ahí que veamos este canto necesario para ser rescatado en nuestras celebraciones eucarísticas.

Delicia de Dios: Recordemos que es un canto a Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la cual, se encarnó, se hizo obediente hasta la muerte en cruz y resucitando restauró la vida; dando a Dios Padre, en este acto, una Gloria infinita. Este Verbo Eterno representa, por así decirlo, la única obsesión del Padre. Nada puede ser agradable a Él si no es por Cristo, Él es la única realidad en la que el Padre se regocija y se glorifica a sí mismo. Por ello, Cristo es la delicia de Dios Padre, nada hay en el universo más preciado para Él que su Hijo. Y he aquí que, ¡Oh maravilla!, esta Delicia de Dios, está disponible para ser recibido por nosotros.

Lirio del Valle de Hebrón: Tal vez el título más oscuro de este canto. Para desentrañarlo deberemos saber que la ciudad de Hebrón era la segunda ciudad más importante de Judá, después de Jerusalén. Es el lugar que el patriarca Abraham le compró a Efrón, el hitita, para enterrar ahí a su esposa, Sara. Su mención nos remite directamente a los orígenes del pueblo de Dios. Es una de las seis “ciudades refugio”, a las cuales podían acudir los asesinos para reclamar el derecho de asilo (Num. 35, 6-32; Deut. 4, 41-43; Jos. 20, 1-9). Al llamar a Jesús Lirio del Valle de Hebrón, estamos diciendo muchas cosas: Jesús es el lirio, planta que crece de forma recta, cuya flor blanca representa la rectitud y pureza sin mancha, es el Cordero sin pecado al que, no obstante su santidad, podemos siempre acudir como criminales que somos a implorar socorro y perdón y con quien podemos confiar que siempre seremos tratados con misericordia. Por ello, el canto le dice al Señor en esa estrofa: “aquí tienes un alma que gime de placer al oír tu perdón”.

Esposo del alma: Un título que nos recuerda inmediatamente al libro del Cantar de los Cantares que en San Juan de la Cruz representa a Dios como el Esposo del alma del cristiano, matrimonio místico consumado en la Sagrada Comunión cada vez que nos acercamos a este Sacramento. Un amor indecible de Dios que viene a mí y que espera, en justa correspondencia, una total entrega de mi alma a su Amor.

La sola consideración de los títulos utilizados en este canto es suficiente para permitir al alma entrar en un estado de contemplación de la Majestad Divina en el momento de la Comunión, ya sea como preparación a la misma, acción de gracias por el Sacramento recibido o para adentrarse en el Misterio mediante una Comunión Espiritual. Sin embargo, hay más profundidad en la letra de este canto:

            El canto presenta dos realidades, cada una en dos posiciones totalmente opuestas: Por un lado: Dios, Inmutable, Eterno, todo Luz y Todopoderoso, en contraposición del hombre, frágil, efímero, en tinieblas y débil. La vida del hombre es presentada como sufrimiento, fatiga, aflicciones, noche de horror de la cual el hombre no puede salir por sus propias fuerzas. Sin embargo, hay un movimiento iniciado por Dios, manifestado en el “ven” que se repite catorce veces en todo el canto, es Dios quien da el primer paso en dirección al hombre, pero requiere la fe por parte de éste, una fe que lo llama: “ven”, “levantamos a ti nuestra voz”.

            La cuarta estrofa, de manera particular presenta una imagen muy sugerente para mí: “Tu que formas un cielo en la nada,  a mi nada, ven luego, Señor”. Dos abismos: un abismo Todopoderoso, Dios, quien con su sola presencia hace que la nada sea todo un paraíso, y otro abismo: un abismo vacío, mi propia nada, a la que sin embargo, Dios puede llegar convirtiéndola en un castillo interior (alcázar) en donde reine sólo la Gloria y Honra de Dios. Eso sucede cada vez que recibimos al Señor en la Comunión.

            Y así, como hemos visto, la letra de este canto da tela para muchas reflexiones, privilegio de este tipo de cantos: llenos de sentido y devoción, fruto de muchas horas pasadas de rodillas a los pies de nuestro Señor. Mucho se podría agregar, pero es preferible, acercarse uno mismo a este canto e ir saboreando, rumiando y asimilando poco a poco, a través de una lenta y honda reflexión las profundidades de la doctrina en él encerrada, y qué mejor que esta reflexión pueda darse en el contexto para el cual este canto fue creado: La Santa Misa…

            …Por eso, es necesario volverlo a cantar cuantas veces sea posible.

VEN A MI, DULCE PAN DE LA VIDA
VEN, CONSUELA MI AMARGO DOLOR
SOY LA OVEJA QUE ANDABA PERDIDA
LEJOS, LEJOS DE TI, MI SEÑOR.

Sacramento adorable y divino,
Verbo Santo, Delicia de Dios;
para hallar la salud y la vida,
levantamos a ti nuestra voz.

Ven, Angélico Pan de los cielos,
a las almas que van de ti en pos;
ven al hombre que gime en la vida.
la amargura de tanto dolor.

Soy el hombre que va fatigado
de la vida de tedio al rigor;
voy llorando mi cielo perdido
en el mar de una fiera pasión.

Tú, que formas un cielo en la nada,
a mi nada ven luego, Señor;
y convierte las sombras en luces
y mi pecho en alcázar de Dios.

Ven, Cordero de dulces baladas,
Ven, alivia mi grande aflicción:
Ven, herido en el mundo y mis penas
se disipan oyendo tu voz.

¡Bienvenido, Maná de los cielos!
Blanco Lirio del valle de Hebrón
aquí tienes un alma que gime
de placer al oír tu perdón.

Soy mendigo que busca en la noche
de su larga ceguera de horror,
una luz que me lleve seguro
a los altos confines de Sión.

Ven Pastor adorable, ven tú;
ni un momento me dejes, no, no;
ven y manda que esta alma te adore
porque tuyo es su afecto y su amor.

Ven Cordero blanquísimo luego,
porque mi alma se muere de amor;
ven, te dice, mi Esposo querido;
ven, y juntos iremos los dos.

De rodillas cantemos el triunfo
y la gloria del Dios del amor,
que bajó por salvar a los hombres

hasta el pecho del mas pecador.

lunes, 22 de enero de 2018

¿Un coro gregoriano en el Novus Ordo?

        Somos un coro parroquial ordinario. Iniciamos hace 32 años con el nombre “Coro Juvenil de Cristo Redentor”. Por obvias razones, hoy somos el “Coro Cristo Redentor”, sin el “juvenil”, son cosas que se pierden con el tiempo invariablemente. En un principio, animábamos las Misas parroquiales con el repertorio que habíamos heredado y aprendido de anteriores coros, acompañados de guitarras eléctricas, bajo, panderos, etc. aplausos incluidos. Un coro como los que se encuentran actualmente en gran parte de las parroquias de nuestra Iglesia Católica.

          La permanencia en el tiempo nos permitió crecer musicalmente, introduciendo cantos más elaborados, provenientes de los compositores españoles de finales del siglo XX (Gabaraín, Palazón, Erdozaín, Madurga, Alcalde, entre otros), cuidando que el repertorio guardara siempre el sentido de cada tiempo litúrgico, aunque en ocasiones las piezas, vistas individualmente podrían no ser las más adecuadas; sin embargo, siempre hubo una preocupación de que los cantos respondieran correctamente a los requerimientos de la liturgia.

          En 32 años pasan muchas cosas: momentos de esplendor, momentos de retroceso, de mínima calidad musical y litúrgica, momentos incluso en los que parecería que el coro desaparecería. Pero Dios, aunque indignos, siempre nos ha asistido y sostenido en nuestro servicio.

          El paso al nuevo milenio lo realizamos acompañados de un repertorio “moderno” con incorporación de cantos de Martín Valverde, Daniel Poli, Luis Enríque Ascoy, Rafael Moreno, Jesed, Jaire, Hermana Glenda, etc. Y en los últimos años agregamos obras de los italianos Mite Balduzzi y Mons. Frisina, así como cantos de la comunidad católica brasileña “Shalom”.  Nada fuera de lo normal” como podrá verse… hasta julio del 2017 (hace seis meses, al momento de escribir estas letras).

         El 3 de julio, un servidor, amaneció con una idea fija en la cabeza y nadie me podrá quitar de la mente que fue una inspiración del Espíritu Santo: reacondicionar el antiguo órgano eléctrico de la parroquia, labor en la que nos ocupamos en el coro por 2 meses, después de los cuales nos encontramos con un instrumento nuevo, que requería también un repertorio nuevo.

          Fue así, que a finales del tiempo Ordinario del 2017 nos encontramos con el canto gregoriano. No es que lo desconociéramos, simplemente hasta entonces no lo habíamos considerado siquiera viable para usarse de manera ordinaria en nuestra liturgia, por ser un canto en otro idioma y con una musicalidad muy diferente a los cantos que hoy en día se utilizan en las celebraciones. Pero esta vez nos preguntamos de manera valiente: “¿por qué no?” y nos tiramos de cabeza al mundo del canto gregoriano.

         Iniciamos cambiando el ordinario de la misa, cantando el Kyriale: Misa XVIII “Deus Genitor Alme” por estar a punto de llegar el Adviento y por ser, a nuestro ver, la Misa más sencilla del Kyriale. Este cambio por sí sólo fue una revolución: nunca antes, en la historia de los 32 años del coro, se había realizado un cambio tan radical en nuestro repertorio  y estilo musical. Requería ponernos de acuerdo con nuestro párroco, el cual aceptó sin problemas el cambio, catequizar a los asistentes a nuestra Misa (cantamos los sábados en la tarde), imprimir hojitas con el texto latino y su traducción al español, para ayudar a seguir los cantos. Todo eso lo hicimos, y aunque no sabíamos la reacción que tendría la gente, nos arriesgamos.

          El resultado de este cambio fue que la gente nos toleró (al menos no nos reclamó airadamente). Ya en pleno Adviento, agregaríamos cantos como el “Rorate Caeli”, “Salve Regina”, “Adorote Devote” y “Veni veni Emmanuel” y ya en Navidad agregamos “Puer Natus in Bethlehem”, “Alma Redemptoris Mater”, “Salve Mater Misericordiae” y ”Adeste Fideles”, además de la Misa VIII “de Angelis”.

          Todos estos cambios, realizados en menos de cuatro meses han transformado totalmente el rostro de nuestro coro: sábado a sábado cantamos el Kyriale totalmente en latín, (Posteriormente, si Dios quiere, durante la segunda parte del Tiempo Ordinario de este año, agregaremos la Misa XII “Pater Cuncta” y XI “Orbis Factor”). Y estamos incorporando también sábado a sábado algunos cantos del repertorio milenario de nuestra Iglesia.

        En este poco tiempo de sumergirnos en el canto gregoriano hemos podido descubrir muchas ventajas de su uso:

·         Musicalmente es muy sencillo: voces y órgano, nada más, y en algunos casos como en Adviento o Cuaresma, ni siquiera es necesario el órgano, sólo voz, micrófono ¡y a cantar! No es necesario, cargar y ensayar con equipo adicional, instrumentos, etc. Muy cómodo.

·         Aunque vocalmente es complicado, por la cantidad de melismas que se deben hacer a un solo aire; es, sin duda, una nueva forma de canto, totalmente diferente a la que actualmente se utiliza de manera regular en la Iglesia, pero nos estamos adaptando. Aun así es una ventaja, pues es un canto monódico, (a una sola voz) y ya no es necesario ensayar voces, y si tenemos pocas voces, o faltan personas, no se ve tan afectado el resultado final, como sucede en la polifonía.

·          Utilizar el latín, lejos de afectar nuestra conciencia de lo que estamos cantando, nos obliga a pensar más y estar más conscientes de lo que significa el texto que cantamos, (siempre contamos con el texto traducido) y conforme nos vamos acostumbrando al texto latino, vamos entendiendo más su significado sin necesidad de tener a la mano la traducción.

·         También el uso del latín nos permite interiorizar más en la espiritualidad del texto, ya que siendo el latín una lengua utilizada sólo para el uso sagrado, el simple hecho de cantarla nos hace adentrarnos en una realidad que trasciende nuestra vida cotidiana y nos envuelve en el Misterio.

·         En un momento de fuerte confusión hacia fuera y hacia dentro de la Iglesia, el uso del canto gregoriano significa “volver a las fuentes originales” y toda una declaración de intenciones de ser fiel a la enseñanza de Cristo trasmitida por milenios en nuestra Iglesia.          

       No estoy diciendo que ha sido fácil este camino, hemos encontrado muchos obstáculos en este breve tiempo:

·         Resistencia de nosotros mismos como coro, todos los miembros volvemos la vista a los cantos que cantábamos todavía hace medio año y no podemos dejar de sentir atracción hacia ellos, creemos incluso que algunos de los miembros estarían considerando dejar el coro porque este nuevo repertorio no se ajusta a sus gustos musicales, máxime si consideramos que muchos de nuestros cantos ya no los acompañamos con guitarras, nuestros hermanos han tenido que dejar aparcada la guitarra en muchos cantos y dedicarse a cantar solamente.

·         A pesar de ser musicalmente más sencillos, la melodía melismática requiere un cambio de estructura mental y memoria musical, lo cual hace muy complicado aprender melodías nuevas al inicio del proceso (y es que ojo, no leemos nota, todo debe ser a memoria), y también es más cansado, por la cantidad de aire que se requiere y el tiempo entre momentos de respiración, nos mareamos y nos descubrimos bostezando entre nosotros. Es duro a veces.

·         La gente nos ve como un “coro raro”, sobre todo en una parroquia vecina (formada en la más pura espiritualidad del Movimiento de Renovación Católica en el Espíritu Santo) en la que damos servicio de canto en Misa dominical cada 15 días, sentimos que somos “el prietito en el arroz” aun así, la gente empieza a cantar en latín (¡!) y el párroco nos apoya completamente.

·         Debido a que la Misa que cantamos en nuestra parroquia es en sábado, no contamos con una asamblea constante, que podamos ir educando en el canto, ya que un sábado tenemos una quinceañera; otro día, una boda; otro día, las personas de la comunidad parroquial. Esto hace difícil hacer que la asamblea se acostumbre y cante con nosotros.

·         Por parte de los sacerdotes que han celebrado con nosotros, encontramos de todo: posturas en contra, debido a lo “cansado” de nuestros cantos, otros que ven con buenos ojos encontrarse con cantos con sentido de sacralidad. De alguna manera nos hemos convertido en un “signo de contradicción”.

       Con todo, a mí mismo en particular, a pesar de ser el director del coro, me sorprende que un coro que hasta hace  menos de un año cantaba con guitarras los cantos que podríamos encontrar en cualquier coro de hoy en día, ahora cante en gregoriano y en latín. Pero, al mismo tiempo, me llena de esperanza, porque cualquier coro sin estudios formales de música como nosotros, puede recorrer el mismo camino que hemos tomado, sólo es necesario voluntad, valentía y un poco de descaro para atreverse a este “sinsentido”.

        Hemos descubierto que, después del sacerdote, el agente de pastoral que más puede influir en la sacralidad de la liturgia hoy en día es el coro, que difícilmente un sacerdote gusta involucrarse mucho en el repertorio y estilo de un coro, dejándolo prácticamente en total libertad. Libertad que normalmente se traduce en Misas estrambóticas y fuera del contexto litúrgico. ¿Por qué esa libertad no la utilizamos los coros para que las Misas en las que participamos sean más un acto de adoración a Dios en lugar de convertirlas en un escaparate para mostrarnos y celebrarnos a nosotros mismos?

         Hoy, creo que somos el único coro en nuestra diócesis con Misas regulares de comunidad parroquial que utiliza cantos gregorianos en todas las celebraciones que canta semana tras semana, con sorpresa y arqueo de cejas de quien nos escucha, para bien y para mal. No recibimos remuneración, ni gratificación económica por ninguna Misa en la que cantamos, es nuestro apostolado. Todos los integrantes hemos nacido después del Concilio Vaticano II y creemos que el camino hacia el futuro de la Iglesia no pasa por la negación y olvido de nuestra tradición musical, sino por el reconocimiento y uso de este tesoro nacido de la liturgia y ahora casi desterrado de nuestros templos.      

      Queremos creer que no somos sólo nosotros y que este renacer es parte de un plan de Dios que interviene en la vida de su Iglesia para sostenerla en estos tiempos difíciles.

Rafael Sosa de Santiago
Coro Cristo Redentor
Parroquia de Cristo Redentor
Diócesis de Ciudad Juárez
México.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Misa Tridentina (Segunda parte).

      Llegamos una hora antes, eran las 9 de la mañana, mis hijos y mi esposa ingresaron al templo, mientras yo me quedé en el umbral esperando en la línea de confesiones, pues como era costumbre anteriormente, había confesiones media hora antes del inicio de la Misa. El templo estaba en total silencio, a lo lejos sólo se escuchaba a un coro ensayar una bella melodía que no se alcanzaba a identificar. Fue toda una experiencia confesarme con un sacerdote anglosajón, él hablando en un español muy limitado, yo hablando en un peor inglés y recibiendo la absolución en latín, según el rito tradicional, psicológicamente impacta y da una sensación de mayor sacralidad al momento, si cabe.

      No voy a describir paso por paso la celebración que vivimos, sólo expondré algunos puntos a resaltar que me impactaron:

El silencio:

       Un silencio de tal grado que me hizo recordar los momentos anteriores a la Misa en la parroquia de Santa Rosa, con el padre Rogaciano, un sacerdote de la vieja escuela al que todos temían por su dureza e inflexibilidad en el cumplimiento de los ritos y la conducta dentro del templo. Por obediencia, había dejado de celebrar en latín, pero aún con el nuevo rito, era implacable en el cumplimiento de las rúbricas y el comportamiento de los fieles. Ahora en ese templo, todo te invitaba a la oración: sin ventanas hacia el exterior y en silencio, todos los sentidos se dirigían hacia el Señor.  El coro NUNCA, repito NUNCA ensayó en el templo. El ensayo fue en un lugar aparte y sólo ingresó con el tiempo exacto para prepararse espiritualmente para la Misa e iniciar el Introito.

El rosario:

         Como preparación a la Misa, veinte minutos antes se rezó el rosario, (lógico, no había coro probando micrófonos o corrigiendo errores en el canto, así que quienes esperábamos la Misa podríamos prepararnos con el rezo del santo rosario). Se estaba rezando en inglés, sin embargo, nos unimos al rezo los cinco, unos en latín, otro en inglés y otros en español.  

El celebrante:

         El sacerdote celebrante era sorprendentemente joven, menos de 30 años, lo mismo que el otro sacerdote que dirigía el coro, fue una grata sorpresa que nos confirmó en la idea de que el rito extraordinario tiene futuro y además es fuertemente valorado por las nuevas generaciones.

Los cantos:

          Obvio, gregorianos, me esperaba la misa de Angelis, pero se utilizó la Misa Orbis Factor (XI), cantos cantados de una manera sutil que invitaba al recogimiento y a mover el alma (que no el cuerpo) hacia Dios, un órgano que aunque austeramente ejecutado, como conviene a la liturgia, estaba a miles de años luz respecto a lo que yo puedo hacer en el órgano de nuestra parroquia. Un canto de comunión sencillo y exquisito a dos voces de sopranos y altos que si no estabas ya arrebatado por la experiencia de comulgar, te terminaba de elevar y una largamente esperada por nosotros Salve Regina final.

Las posturas:

        Acostumbrados a la liturgia en el modo ordinario, estamos acostumbrados a pocos cambios en las posturas, un solo momento para arrodillarse (en la consagración) y que las posturas no se empalman con las oraciones o cánticos. Aquí, los cambios de postura son bastantes, nos arrodillamos el introito, el Credo, la consagración, el Cordero de Dios, la comunión y la post comunión. Fue curioso, porque estás tranquilamente de pie cantando el gloria o el Credo y a medio canto debes sentarte, para volverte a parar unos segundos después al terminar la oración, eso saca de onda bastante.  

La homilía:

         ¡Sorpresa! En español, muy limitado, pero se hacía entender bien. Sin ninguna relación con el Evangelio del día, pero que en este rito no es obligatorio que la tenga. Explicando un punto específico de la doctrina católica, esta vez sobre el primero de los mandamientos. Bastante largo, tal vez por la dificultad del celebrante para leer en español, pero muy didáctico y… ¡otra sorpresa!: al terminar el sermón, un nuevo sermón, ahora en inglés, aunque con otra temática, según pude percibir en mi corto entender del idioma.

El misterio:

        El hecho de celebrar ad Orientem, además de resaltar el carácter sacrificial de la Santa Misa, unido a las oraciones secretas, da a la celebración un halo de misterio: los fieles no pueden ver ni oir lo que está sucediendo en el altar, sólo nos podemos guiar por los movimientos que se alcanzar a percibir desde atrás por parte del sacerdote y el toque de las campanillas, eso te hace sentir en medio de la nube del Monte Tabor: algo está sucediendo lleno de majestad que no entiendes, no esperas y sólo te toca estar atento esperando el momento sublime de la elevación.  

La comunión:

        Por primera vez comulgamos de rodillas. Regularmente todos hacemos una reverencia o genuflexión antes de comulgar, aunque Fernando normalmente gusta comulgar de rodillas, lo cual le ha valido la reprimenda de algún sacerdote de nuestra diócesis, obligándolo a ponerse de pie para recibir al Señor. Ahora todos pudimos hacerlo en el comulgatorio, creo que fue un regalo para todos, pero de manera especial para Fer, que pudo recibirla tal como él lo quisiera hacer siempre, sin el temor de sufrir algún desaire por parte del sacerdote.

Conclusión:

         Nuestra primera experiencia con el modo extraordinario del rito romano la vivimos entre el asombro, la reverencia y la sorpresa. Como un viaje a la ciudad de Dios en la que cada esquina nos preparaba una sorpresa diferente a la anterior.

         Con todo, debo decir que el rito extraordinario puede ser una limitante o un impulso para vivir más a fondo el Misterio, todo dependiendo de tu forma de acercarte a él: Será una limitante si lo que quieres es saber exactamente lo que sucede en el altar, consciente de las palabras y acciones del sacerdote, si buscas una ceremonia transparente, te encontrarás muy perdido en la celebración, tanto por el latín, como porque todo sucede ante el sacerdote, no ante ti. Por el contrario, será un impulso para vivir aún mejor la liturgia, si te acercas a ella buscando la sacralidad y lo inefable: no sabes qué está ocurriendo, pero lo intuyes, porque la ceremonia te rodea en un halo místico que tu espíritu detecta y sigue aunque el oído no lo entienda.

¿Modo Ordinario o modo extraordinario?

        No tengo la menor duda: ambos. Ambos son participación real del sacrificio de la cruz. Ambos te permiten asistir a la liturgia celestial, cada uno desde su propia perspectiva, del mismo modo que escalar la misma montaña desde lados diferentes te brinda diferentes perspectivas del mismo paisaje, ambas muy hermosas. La desacralización de la Litúrgia no es culpa de la forma ordinaria, es la forma en la que la celebramos, la forma ordinaria es muy hermosa si se celebra como debe ser, pero la adulteramos, bajo un falso sentido de participación del pueblo; creemos que es un espectáculo y dejamos de celebrar a Dios para celebrarnos (mal, además) a nosotros mismos, queriendo hacer la celebración amena y divertida, nos olvidamos que Nuestro Señor la instituyó para actualizar su Misterio Pascual, no para divertirnos.

        Resulta que en la Misa Tradicional se cuidan estos aspectos porque a ella asisten sacerdotes y fieles que valoran la reverencia, el respeto y la sacralidad del Sacramento, pero si lo mismo hiciéramos en nuestras celebraciones del rito ordinario, encontraríamos una riqueza enorme en las Misas que hoy tanto descuidamos. Quiero creer que es lo que el mismo Benedicto XVI quiso provocar al permitir la celebración de la Misa Tradicional: que descubriendo el valor de la sacralidad y el temor de Dios que inspira La Misa Tridentina, la proyectáramos hacia la Misa postconciliar, enriqueciendo la participación y sus frutos espirituales.

         La Misa postconciliar nos permite asistir con los cinco sentidos en la celebración, dándonos cuenta conscientemente de lo que sucede en todo momento, desgraciadamente no usamos esos sentidos para asistir al Misterio, distraídos por la falta del sentido de lo sagrado. Sentido de lo sagrado que nos permite experimentar ahora la Misa preconciliar, somos muy afortunados en tener la oportunidad de beber de ambas fuentes. 

          Seguramente no será la única vez que acudamos a la Misa Tridentina como familia, a todos nos dejó algo, ciertamente positivo, incluyendo a Andrés que era más reacio a ella. Ojalá puedas tú en breve tener la misma experiencia que nosotros.

Misa Tridentina (primera parte)

           Domingo 24 de septiembre de 2017 por la mañana. En algún lugar del librero debería estar. Buscaba repasando el lomo de cada libro, fue fácil encontrarlo, pues era el único libro con el lomo deshecho por el tiempo, un viejo Misal del ´62, tiempo en el que aún se celebraba en latín y de “espaldas al pueblo” (luego volveremos con esa expresión, que por el momento es válida para hacernos entender). Lo había rescatado entre varios libros que había dejado mi suegra en su antigua casa al mudarse a Estados Unidos, sería inútil ya, pero era un Misal, y por respeto a la Palabra de Dios y como recuerdo romántico de tiempos ya idos, sería bonito conservarlo, al menos como curiosidad histórica.

          Pero esta vez, no era mi intención enseñarlo a mis hijos (a pesar de que ellos han tenido fuerte curiosidad por la tradición católica preconciliar, ¡vaya caso!), sino porque ese día haría lo que nunca me imaginé que podría hacer algún día de mi vida: asistir por primera vez a una Misa preconciliar acompañado de mi esposa y mis hijos, pero, ¿cómo llegamos a esto?, ¿me hice Lefevrista?... Nada de eso, pero para explicarlo, necesitamos irnos un poco atrás en el tiempo.

           El día 7 de julio del 2007, el entonces Papa, Benedicto XVI publicaba la carta apostólica en forma Motu Proprio “Summorum Pontificum”, con la cual permitía la celebración de la Misa utilizando el Rito del Misal editado por el Papa San Juan XXIII, Misa que ya San Juan Pablo II había autorizado desde 1984 y recomendado en 1988 previa autorización del Obispo de cada lugar. Si ya la había autorizado San Juan Pablo II ¿para qué volverla autorizar ahora? Es que ahora ya podría celebrarse libremente de manera privada por los sacerdotes sin la necesidad de solicitar permiso expreso al Obispo. Igualmente, a esta celebración podrían ser admitidos también aquellos fieles que lo pidieran voluntariamente.

            Es decir, que de manera libre, la Misa podría, desde esa fecha (7 de julio del 2007) celebrarse con el Misal de San Juan XXIII (1962): en latín, ad Orientem y con los ritos y oraciones anteriores a la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, Misa conocida comúnmente como Misa Tridentina, Misa de San Pío V o simplemente Misa Tradicional y que ahora conocemos como el modo extraordinario del rito latino, como complemento al modo ordinario del rito latino, que es la Misa tal y como la conocemos y se celebra comúnmente. Ahora sí, un comentario respecto a la expresión “de espaldas al pueblo”:

           Es increíble cómo las palabras modifican nuestra forma de ver las cosas: siempre se nos dijo que antes se celebraba de espaldas al pueblo, tal vez en el afán de encomiar los logros de la liturgia renovada en la que se introdujo plenamente al pueblo en la celebración en la que antes parecía totalmente ajeno; pero nunca se nos dijo (y hasta ahora es que muchos lo descubrimos) que era porque se celebraba de cara a Dios, el sacerdote en nombre de los fieles ofrecía el Sacrificio, como el general que estando a la cabeza, mira en la misma dirección que su ejército; cómo estaremos celebrando la Pascua eterna: de cara a Dios. Esta forma de celebrar, conocida como “ad Orientem” es decir al oriente, donde nace el Sol de justicia y desde donde esperamos que algún día regrese nuestro Señor, expresa de manera singular el carácter sacrificial de la Misa y el papel sagrado del sacerdote que ofrece en nombre de todos este Sacrificio a Dios Padre.

             Conocido es que durante la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II hubo un grupo de sacerdotes y fieles que no aceptaron los cambios y continuaron celebrando la liturgia como lo había celebrado la Iglesia hasta ese momento, creando la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) con el Arzobispo Marcel Lefevre a la cabeza (conocidos comúnmente como “Lefevristas”) lo cual ocasionó finalmente un cisma en pleno siglo XX. Actualmente, con la declaración de vigencia del modo extraordinario del rito latino,  ha habido acercamientos de Roma y de la FSSPX para lograr la reincersión plena de la Fraternidad en la comunión de la Iglesia sin llegar todavía a un estatus canónico claro.

              Por otro lado, en 1988 SS San Juan Pablo II dio reconocimiento como Sociedad de Vida Apostólica a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) que forma sacerdotes en el cuadro de la liturgia tradicional del rito Romano, y que pueden celebrar la Misa Tradicional en plena comunión con la Iglesia Católica Romana.

          En mi diócesis (Cd. Juárez) no hay ninguna parroquia que celebre la Misa con el rito extraordinario, ni tampoco existen sacerdotes de la FSSP, motivo por el cual veía muy lejano el día en el que pudiera acudir a una Misa Tridentina. Hasta esta semana…

             Casualmente me enteré que en la diócesis de El Paso Texas sí había una parroquia en la que se celebra Misa Tradicional por parte de sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro. Lo descubrí el viernes y el sábado ya estábamos haciendo planes para asistir el día siguiente en dicha parroquia. Ángel, el mayor y Fernando, el segundo, se entusiasmaron con la idea. Dos chicos de 18 y 16 años que todavía hace dos años me regateaban la asistencia a la Vigilia Pascual porque era una Misa de más de 2 horas, ahora nos impulsaban a mi esposa y a mí a asistir a una Misa dominical que duraría esas mismas dos horas. Tal es el grado de atracción que la liturgia tradicional provoca entre ciertos jóvenes. Doy gracias a Dios por ello. Su madre también había descubierto, sin sospecharlo yo, la misa Tridentina mediante algunos videos explicativos y también estaba muy interesada en participar. El menor, Andrés, de 13 años, era el menos entusiasta en la idea, porque no le iba a entender a una Misa en latín, además, la homilía, que era lo único que tendríamos en lengua vernácula, sería en inglés, por ser una parroquia de Estados Unidos. Aun así, asistiría con nosotros, no tenía opción.

          Y ahí estaba yo, con ese viejo Misal en las manos, sería el único mapa que nos guiaría por una celebración que nunca habíamos vivido y en la que seguro nos perderíamos sin su ayuda y tal vez incluso aún con su ayuda. (Continuará...)