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sábado, 25 de junio de 2016

Cuando la noche cayó en Orlando.

         Siempre he pensado que si hoy el Señor volviera a este mundo, no en la majestad de su gloria, como lo esperamos todos los que aguardamos su regreso al final de los tiempos, no así, sino de la misma forma en la que bajó hace dos mil años: humildemente y con su mensaje de misericordia, amor y perdón.

         Siempre he pensado, repito, que si el Señor volviera a este mundo, no comería con publicanos y prostitutas, no; lo más probable es que buscara la compañía de homosexuales, lesbis y transgenero, sin culparlos, sin señalarlos, sencillo, viéndolos como lo que son en realidad: personas con virtudes y méritos excepcionales.

          Y tal como entonces, quienes se consideraran religiosos y amantes de Dios se escandalizarían por su actuar e incluso cuestionarían su autoridad moral, hasta llegar al extremo de buscar deshacerse de él para evitar el mal ejemplo.

          Estoy convencido de ello, ¿por qué nos sorprendería que nuestro Dios siguiera siendo el mismo Dios de hace dos mil años, el Dios de siempre? Él, que es la perfección sin tacha; Él, que es el Sumo Bien en sí mismo; Él, que descubre manchas en las mismas nubes del cielo y que había venido a estar cerca de sus hermanos, los hombres; Él, que ama a los pecadores hasta dar la vida por ellos, ¿podría dejar de buscar a los que son apartados, a los que son señalados, a los que son excluídos? Yo no lo creo.

          Y al igual que entonces, aunque no todos los publicanos se convirtieron y no todas las prostitutas cambiaron de vida, no por eso Jesús dejaba de llamarlos a estar con él y a volver su vida de cara a Dios; hoy también, muchos seguirían orgullosamente su estilo de vida, sin encontrar en la mirada del nazareno la llamada de un Dios que los quiere para sí y sin embargo, Jesús los seguiría llamando, los seguiría amando, porque el amor se da, no se vende a base de buenas acciones.

        Con esto, no pretendo justificar el estilo de vida de nadie, tampoco Jesús lo hizo cuando se quedó a comer con Zaqueo, al contrario, lo buscó para que dejara su anterior vida: pero lo hizo invitando, no condenando.

        No, no me extrañaría que nuestro Señor buscara a los grandes pecadores, no me conviene siquiera pensar otra cosa, porque yo soy uno de ellos y no tengo por qué lanzar la primera piedra.

        Pero lo que Jesús sí hizo fue dejar bien clara la verdad, aunque doliera: El plan de Dios en un principio era que el hombre se uniera a su mujer y formaran los dos una sola carne que no podría separarse ya. Dios los quería uno a él y a ella, aunque muchos,  con la mismísima ley de Moisés en la mano, sostuvieran que tenían el derecho a divorciarse, a ellos les dijo: "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre". Jesús era misericordioso, sí, pero no podía faltar a la verdad, aunque no fuera políticamente correcto.

         Por eso, estoy convencido que, si bien Jesús buscaría y conviviría con la comunidad LGBTTTI en plan Dios, como sólo él sabe hacerlo y que llamaría hipócritas y sepulcros blanqueados a los que señalaran a sus hermanos como pecadores e indignos, también estoy seguro de que hoy en día, Jesús diría con Verdad: "El plan de Dios en un principio fue que el hombre se uniera a su mujer" y si ustedes, con las leyes en la mano proclaman que tienen derecho a formar una familia dos hombres o dos mujeres, Yo les digo: "En un principio, el plan de Dios no fue así". Por eso, aunque no juzgo a mis hermanos con preferencias sexuales diferentes a las mías (sólo Dios juzgará a todos al final) no puedo faltar a la verdad y aceptar el mal llamado "matrimonio" entre personas del mismo sexo, porque no responde al plan original de Dios, disculpen, en conciencia, no puedo.

         Para terminar, me escandalizó el comentario de un pastor protestante que se hizo famoso en Florida por decir, palabras más, palabras menos: "No me entristece la matanza de Orlando, al contrario, siento que ahora este país es más seguro, lamento que ese hombre no terminara el trabajo y los matara a todos" y continuaba: "me gustaría que el gobierno los agarrara a todos, los pusiera contra la pared y les volara la cabeza". Lo que más impotencia me dio fue saber que como él, muchos "cristanoides" piensan que lo sucedido aquella noche fue un castigo merecido.

             A esos tales, les tengo una anécdota que le sucedió a Jesús, nuestro Maestro, y que nos muestra cómo reaccionaría Jesús al conocer lo que sucedió hace unos días en Orlando. (Lucas 13,1-5):
      
              Llegaron unos a decirle a Jesús que Pilato había mandado matar a unos judíos en el mismo Templo de Jerusalén. Jesús les respondió: "¿creen acaso que aquellos judíos por haber muerto así eran más pecadores que ustedes?, les aseguro que no y si ustedes no cambian de vida..."

         Un cristiano nunca podrá alegrarse por la muerte de nadie, mucho menos por la muerte de gente inocente, como las personas muertas en el bar de Orlando.

        Inocentes, sí, porque no merecían morir; inocentes, porque alguien les arrebató injustamente su derecho a vivir y a ser mejores; inocentes, porque nadie puede tirar la primera piedra. Por ellos mi oración y desvelo de esta noche, que no vuelva caer la oscuridad sobre la humanidad como aquella noche, en Orlando.

         

         

lunes, 22 de febrero de 2016

Simplemente pienso diferente.

          "Librepensador" fue un término acuñado a finales del siglo XVII. Establecía que la búsqueda de la verdad debía realizarse desde la capacidad lógica del pensamiento y no desde el establecimiento de dogmas por parte de una autoridad.

           Esta forma de pensamiento representó un rompimiento frente a la doctrina moral y teológica de la Iglesia: ya no se aceptarían las verdades establecidas por la autoridad religiosa, sino que cada quien quedaría en libertad de cuestionar las verdades hasta entonces inamovibles y de buscar la Verdad con sus propios esfuerzos, mediante la reflexión filosófica y el método científico.

         La Iglesia dejó de ser "Mater et Magistra", (Madre y Maestra) y en México esta forma de pensar desató las pasiones a lo largo del siglo XIX y principios del XX, cuando los jóvenes liberales se plantaron frente a la moral y a las "buenas costumbres" de la sociedad conservadora de aquél tiempo.

         Hoy en día, hay que aceptarlo: para el común de la gente, en gran parte llamados a sí mismos católicos,  la "opinión" de nuestra Iglesia es una entre muchas voces, a veces incluso, es considerada una voz desacreditada.

Hoy está de moda burlarse de las ideas "retrógadas" de la Iglesia.

Hoy está de moda ir en contra de una institución que ha "vivido de la ignorancia de la gente".

Hoy está de moda linchar públicamente a todos los clérigos, acusándolos de pederastas.

Hoy está de moda tachar a los "pro-vida" de hipócritas e insensibles.

         ¿No será que hoy la sociedad se basa en nuevos dogmas; ahora establecidos, no por la Iglesia, sino por los medios de comunicación, el gobierno y las estructuras supranacionales?

Dogmas que establecen que el valor del hombre radica en su capacidad de producir y de consumir.

Dogmas que establecen que todo es permitido, siempre y cuando no "hagas daño" a los demás.

Dogmas que rezan que cada uno puede tener su propia verdad y regirse por ella.

           Si es así, ahora yo reivindico mi derecho a pensar diferente, como antes lo reivindicaban los librepensadores.

Y es que hoy necesitas pensar diferente para escapar del consumismo inhumano que nos asfixia

Necesitas pensar diferente para no creer que todas las doctrinas son buenas en sí mismas.

Necesitas pensar diferente para tomar el Evangelio y regir tu vida con sus enseñanzas, aunque se burlen de ti.

          A la humanidad le urgen personas que piensen diferente, que vayan por el mundo pregonando que para ser libres nos liberó Cristo y que sólo en él encontrará descanso y rumbo esta civilización actual.

           Así que; ante un mundo que establece que el relativismo moral, la interrupción del embarazo, las preferencias sexuales alternativas y la muerte asistida son opciones para el hombre de hoy, yo reafirmo que soy moralista, dogmático y respetuoso de la vida en todas sus etapas. ¿QUÉ LE VOY A HACER?... ¡SIMPLEMENTE PIENSO DIFERENTE!

viernes, 19 de febrero de 2016

Lo que Ciudad Juárez le dio al Papa, al mundo y a sí misma.

                La visita del Papa a Ciudad Juárez fue espiritualmente muy edificante, no sólo por el mensaje que tuvo para nosotros el Santo Padre, fue la misma ciudad la que lanzó un poderoso mensaje al Papa, al mundo, a México y, lo más importante, a sí misma. Lo anterior nos debe llenar de orgullo pero, más importante, nos debe llenar también de esperanza. Por eso quiero poner a consideración algunos detalles que hicieron muy especial la visita a Ciudad Juárez dentro de la visita pastoral de Su Santidad, Francisco.

La recepción más alegre del viaje apostólico.


Esta no sería cualquier bienvenida: una orquesta de niños, un grupo enorme de monaguillos, adultos que los cuidaban, todos en una tribuna impresionante y una explosión de alegría fue la primera impresión del Papa al llegar a esta frontera. El mismo López Dóriga que había cubierto la totalidad de la visita del Papa tendría que confesar: “Es la recepción más alegre que ha tenido el Papa en esta visita”. Al ritmo de “La cumparsita”, un tango tan tradicional en Argentina como en México es “El Cielito Lindo”, se mostró una primer “probadita” de la calidez de esta ciudad.



La ciudad más arreglada para recibirlo.
                No fue la ciudad más bonita que lo recibió. La nuestra, es una ciudad llena de las cicatrices de violencia y años de olvido gubernamental, sin embargo, sí era la Ciudad con más pendones, espectaculares y mantas dándole la bienvenida. Hasta el cielo quiso vestir su más hermoso traje azul, sin una sola nube y el día con clima más benévolo de toda esta temporada invernal, antes de las tormentas de arena de la primavera y el ardiente calor del verano.


El espíritu de acogida de la frontera se dejó ver.
                En el desierto, la hospitalidad es un valor imprescindible: sin ella el forastero puede perder la vida ante las condiciones de la intemperie. Eso hace que los habitantes de estas tierras seamos cordiales con el que viene de fuera, fue hermoso ver como la gratuidad, la amabilidad y la acogida de los juarenses lució en su máximo esplendor.

La ciudad que bendijo al Papa.
                Al llegar al CERESO #3 de Ciudad Juárez, el Papa pasó a un espacio donde estaban los familiares de los internos, los saludaba y bendecía, de pronto se encuentra con una mujer emocionada, seguramente madre de uno de los presos, que en su sencillez, hace lo impensable: en vez de recibir la bendición del Papa, ¡le da la bendición a él!, inmediatamente me recordó el momento en el que, al salir al balcón de la Plaza de San Pedro el día de su elección como Papa y antes de dar su bendición “Urbi et Orbi”, Francisco pidió la oración de todo el pueblo de Dios por él.

Unos reos al amparo de la Virgen de Guadalupe y acompañados de un preso santo.
                El Papa bendeciría la capilla del CERESO #3 de Cd. Juárez, que levantaron los mismos presos y en cuyo interior podían apreciarse, no podía faltar, una hermosa réplica de la imagen de la Virgen de Guadalupe; pero también, y me maravilló, un detalle muy hermoso: la imagen de San Maximiliano María Kolbe, el preso del campo de concentración Nazi en Auschwitz, que daría su vida a cambio de un padre de familia, dando consuelo y sentido al encierro del centro penitenciario.

Una enorme catequesis penitenciaria ofrecida por una interna del CERESO.
                Con una altura teológica alcanzada, no por el estudio, sino por una estremecedora experiencia de vida, una interna del CERESO,  Evila Quintana, abría su mensaje con una denuncia: “Su presencia aquí es un llamado para quienes se olvidaron de que aquí hay seres humanos”, que luego pasaría a una reflexión llena de esperanza. Cuando terminó, el pensamiento fue inmediato: “ni siquiera un obispo podría haber hablado con una profundidad así”, este mensaje dejaría el terreno abonado para que Su Santidad dirigiera un mensaje lleno de amor y misericordia hacia los internos y, al mismo tiempo, lleno de retos a la sociedad para crear estructuras más justas que no excluyan, ni orillen a nadie a infringir las leyes. Cuatrocientos centros penitenciarios de México y Estados Unidos estarían participando en este evento, que el Papa quiso convertir en un Jubileo de la Misericordia para los presos.  

Un báculo pobre para un pastor pobre.
                Un preso le regaló al Papa un báculo de madera, tallado por él mismo, bello, pobre, pero muy digno. El Papa, en cuanto lo recibió, dio instrucciones a su personal, que de momento no conocíamos, pero que se notaban muy precisas y que sólo hasta la tarde descubriríamos: ese báculo sería el que el Papa utilizaría en la Misa de despedida.

Los prisioneros que evangelizaron al mundo.
                Ver el orden de los presos, su silencio, su respeto y lo más sorprendente: quebrarse ante las palabras de consuelo del Papa, fueron un mensaje que, a los que nos encontramos fuera, nos cuestionó. Uno de los momentos más emotivos de ese día sería cuando el Papa se acerca a dos reos, toma la mano de cada uno de ellos, ellos se arrodillan y, con lágimas en los ojos, rezan un momento con el Santo Padre. La sola imagen habría valido por todo el día. ¿Quién no se quebró con las imágenes de reos llorando, perdonando y pidiendo por una sociedad que los ha orillado a cometer errores y los ha excluido? Los reos de Ciudad Juárez, ese día tuvieron un gesto de misericordia para con todos nosotros.

Liderazgo femenino.
                Los juarenses que, tanto en la prisión como en el gimnasio del Colegio de Bachilleres, se dirigieron al Papa, fueron mujeres; ambas, madres de familia. Cada una en su contexto, supo articular un mensaje fuerte y directo, al término de los cuales cualquier juarense debería sentirse orgulloso. Era muy simbólico ver a Deysi Flores dirigirse al Papa, mientras su esposo Jesús Gurrola cargaba a su pequeña hija y cuidaba a su hijo. “Juárez se ha puesto de pie, pero no queremos lanzar las campanas al vuelo”.  Falta de valores, ausencia de los padres en la familia por salir a trabajar, fueron los ejes de un mensaje lúcido y con total conocimiento de la realidad social del mundo del trabajo y el tono más gracioso de toda la visita: “cuidado, si toma agua de Juárez, en Juárez se va a quedar”.

La respuesta en el punto.
Todos nos preguntábamos si llegaríamos a llenar el lugar, una ciudad sí, muy trabajadora, pero que por el mismo trabajo a veces se muestra apática a las iniciativas comunitarias. Una Iglesia que es activa, pero que nunca había dado un testimonio tan grande de fe Y GRANDE EN TODA LA EXTENSIÓN DE LA PALABRA. Veíamos las transmisiones de las Misas en otras ciudades y quedaba la inquietud de cómo nos iría a nosotros. ¡Y lo logramos!, no sólo los ríos de juarenses y visitantes llegaron al punto, sino que la alegría se desbordó, ¡y los gritos! No creíamos que en Juárez tuviéramos tanto: ese coro, esa orquesta y tantos hermanos. Lo dijo Francisco: “¡México es una sorpresa!”, y creo que los primeros sorprendidos fuimos nosotros mismos.

Una voz que clama en el desierto, frente al río.
                Y tenía que ser en Cuaresma, una cruz, un río, una malla y Pedro orando por los que han muerto y por los que cruzan con esperanza de una vida mejor. Una bendición que traspasaba la frontera, llegando a los que estaban detrás de la malla que divide a dos países, pero no a los corazones. Seguramente esa cruz será meta de muchas peregrinaciones, de los migrantes, pidiendo el amparo del Señor en su viaje, pero también de personas que acompañaremos su camino con nuestras oraciones y ayuda.

Un altar de piedra y un Cristo de madera labrada.
                Totalmente austero, propio de la Cuaresma, con tres enormes piedras extraídas de la sierra de Juárez, respetando los colores del desierto. Y un Cristo traído de Belén por el primer Obispo de la diócesis, Don Manuel Talamás Camandari, a quien todos recordamos con inmenso cariño.

La oración.
              El encuentro con los indígenas se había dado el lunes en Chiapas, sin embargo, eso no fue impedimento para que una mujer rarámuri presentara una de las peticiones de la Oración Universal. Más tarde,  el Papa, como regalo para esta ciudad tan lastimada, celebró la Eucaristía con la Plegaría Eucarística de la reconciliación.

El detalle para Nuestra Señora.
                Al final de la Eucaristía, el coro monumental tuvo un gesto muy bonito para nuestra Señora: cantar La Salve, muy tradicional dentro de la liturgia católica. El Papa, que ya se preparaba para salir del presbiterio, detuvo la procesión de salida y, mientras los obispos concelebrantes iban saliendo, se quedó a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe hasta terminar el cántico.

                     La visita pastoral llegaba a su fin, y la producción televisiva  en repetidas ocasiones ponía a cuadro la cruz de los migrantes con el Río Bravo de fondo y el hermoso atardecer de nuestra ciudad en el horizonte… y un helicóptero de la patrulla fronteriza de los Estados Unidos. No cabía duda: Eso era Juárez, una ciudad que daba testimonio de estar de pie y de una fe acrisolada por el dolor y el desierto.

lunes, 20 de enero de 2014

¿Vivimos para el Señor?


 
             “Si vivimos, para el Señor vivimos” (Rom. 14,8) esta breve frase de San Pablo, encierra en sí misma un proyecto de vida para todo aquél que se llama cristiano, tan amplio y retador, que nos llevará la vida entera tratarlo de hacerlo vida y sólo hasta nuestro último día sabremos si lo habremos logrado.

             La Palabra de Dios debe calar hondo en nuestro corazón e interpelar nuestra vida, si no, no estamos escuchando claramente la voz de Dios que nos habla,  y ante esta frase de San Pablo a los Romanos, varias reflexiones vienen a mi mente, muchas de ellas no son fáciles, pues se trata de los más íntimo de nosotros.

             El hombre es un ser libre y en su libertad, Dios ha querido que pueda incluso llegar al extremo de rechazarle y a darle la espalda, si eso es lo que quiere, de ahí que la libertad que Dios ha depositado en el hombre es casi total.

             Digo “casi total” porque la única excepción, la única cosa en la que el hombre no es libre, es para desear o no la felicidad, el deseo de la felicidad está sembrado en el corazón de todo ser humano, no hay hombre que no desee ser feliz,  aunque busque esa felicidad en objetos equivocados, aún el hombre que se suicida, busca dejar de sufrir al quitarse la vida, y con esto, alcanzar de alguna manera la felicidad.

             De esta búsqueda de felicidad nace en el hombre la motivación para todos sus afanes en la tierra: si el trabajo, si la fama, si el poder, si el dinero, si el aplauso, todo, absolutamente todo es motivado por el hambre de felicidad que Dios ha depositado en el hombre.

             Este deseo de felicidad que parece insaciable, lo es porque en suma, Dios ha querido que esa hambre, el hombre la satisfaga en su Creador, fin último de su existencia, y que sólo en él se vea satisfecha, por eso cuando se busca la felicidad en algo que no es Él, queremos siempre más y más, sin que parezca haber límite, y es que la sed de felicidad del hombre es ilimitada, por eso, sólo un ser ilimitado puede saciarla.

             Y aquí viene el meollo del asunto: ¿en dónde tengo centrada mi búsqueda de felicidad?, ¿cuál es el fin último de mi existencia y el objeto de mi más grande amor? La respuesta correcta a esta pregunta es obvia y la sabemos de antemano, pero lo tremendamente delicado y que podemos pasar por alto es que nuestro último fin puede estar, no en Dios, sino en nosotros mismos.

             Conocidas son las palabras de San Agustín: “dos amores han fundado dos ciudades: el amor de sí, hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios, hasta el desprecio de sí. El primero ha fundado la ciudad del mal, del desorden, de la confusión, la infernal Babilonia; el segundo, la del orden, de la paz, la eterna Jerusalén”. Aquí los tenemos: dos amores supremos, opuestos contrariamente entre sí, a los cuales se subordinan todos los demás amores.

             Y aquí entra la gran pregunta: todo lo que hago (y he hecho) en mi vida, ¿ha sido por un amor incondicional a Dios, o ha sido, por un amor incondicional a mí mismo?, ¿he estado buscando mi felicidad en Dios, o me he estado buscando a mí mismo? Aún quienes servimos (y tal vez más nosotros) en algún tipo de apostolado, debemos hacernos esta misma pregunta: Con mi servicio en la Iglesia, (y aquí pon tu ministerio particular) he estado buscando la Gloria de Dios (como decía San Ignacio) o me he buscado a mí mismo.  ¿He buscado sentirme “bueno”, “admirado”, “salvado”? constantemente debemos hacer esta purificación de intenciones, porque podemos, sin quererlo, caer en un fariseísmo, que se autocomplace en una supuesta bondad propia, creyéndose mejor que los demás, y ya sabemos qué piensa Dios de alguien así.

             Bien sabemos que al final de nuestros días, se definirá a quién hemos hecho objeto de nuestro Gran Amor en esta vida, y no habrá más que dos opciones: o habremos hecho a Dios centro de nuestra vida, o tal vez (espero que no) habremos hecho girar todo alrededor nuestro, convirtiéndonos en nuestro propio dios personal buscando en todo satisfacer nuestro yo, (inclusive en las obras aparentemente piadosas).  Esto es un problema totalmente trascendente, porque de nuestra decisión final dependerá la suerte eterna de nuestra alma, si hemos buscado en todo a Dios, Dios se nos dará a sí mismo para siempre, en cumplimiento pleno de nuestra sed de felicidad, y ésta será eterna; si por el contrario, nos hemos buscado a nosotros mismos, habremos tenido ya nuestro premio en esta vida, y nos encontraremos en la eternidad con que equivocamos el camino, irremediablemente y para siempre.

             Entonces, parafraseando a San Pablo: Si vivimos… ¿vivimos para el Señor?

martes, 17 de abril de 2012

¿Crees lo mismo que nosotros?

                 Son bastantes los grupos de hermanos cristianos no católicos que se acercan con el afán de hacer proselitismo entre hermanos católicos ofreciendo una experiencia de Cristo y tratando de allegarlos a su grupo religioso. Cuando esto sucede una primera alarma se dispara en el subconsciente del católico (independientemente de que sea practicante o no): “aceptar acudir a esta iglesia es renunciar a la fe que heredé de mis padres”, (a veces más preocupados por el agravio a los progenitores que del agravio a la propia fe, pero al menos, para efectos de guardar el 4° mandamiento, la consideración vale), esta alarma interior, aunque nacida no propiamente de la experiencia de fe, sino de respetos humanos (en este caso a los padres) es de cualquier forma suficientemente poderosa para que el hermano católico levante la guardia y se niegue a aceptar la invitación que le ofrece el no católico.

                Sin embargo, estos grupos cuya capacidad de argumentación y de persuasión al menos hay que reconocerles, tienen un discurso para evitar que el católico sienta que está traicionando la fe de sus padres: “en nuestra Iglesia creemos lo mismo que los católicos”, incluso les comentan que no hay inconveniente para que ellos sigan acudiendo a la Iglesia católica, al mismo tiempo que asisten al culto de su iglesia.

                La trampa está tendida: “no hay aparentemente conflicto entre lo que me enseñaron de pequeño y lo que me invitan, puedo seguir siendo católico y asistir a esta otra experiencia de fe”, la guardia está baja, no ha habido una profundización de la fe y por tanto se está totalmente expuesto a asistir a la nueva “congregación”, “iglesia”, “hermandad”, “experiencia” o como sea que se presente este grupo y a dejarse engañar por una doctrina que aparenta ser igual a la mía, pero poco a poco y sin ser perceptible, se va dejando de celebrar, estudiar, creer y amar lo que representa los fundamentos de nuestra fe católica. Desafortunadamente en este punto, nuestro querido hermano católico engañado, difícilmente puede darse cuenta de los errores de esta nueva fe, porque nunca estudio la verdadera doctrina y además ya ha sido catequizado en esta nueva creencia que le ofrece una experiencia de Dios a la cual difícilmente renunciará. En resumen, nuestro pobre hermano, nunca sabrá lo que perdió.
                Es por eso que desde un principio, querido hermano católico, ante el argumento de estos grupos religiosos, deberías hacer las siguientes preguntas, a fin de determinar si efectivamente estos hermanos que te invitan creen lo mismo que nosotros:
  • ¿Creen que Cristo es Dios Hijo, Verbo eterno de Dios Padre nacido de Santa María Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo?
  • ¿Creen que después de su resurrección fundó Su Iglesia sobre la roca de Pedro y los apóstoles?
  • ¿Creen en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica, la Comunión de los santos, el Perdón de los pecados y la Vida eterna?
  • ¿Creen que antes de volver al Padre, Jesús dejó los 7 Sacramentos para la edificación y santificación de los hombres y que constituyó a la Iglesia como su legítima administradora?
  • ¿Creen que está vivo y verdadero en el Pan y el Vino consagrados con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y celebran diariamente el Santo Sacrificio de la Misa, según las normas y rúbricas de la Iglesia Católica?
  • ¿Creen que María es Madre de Dios, concebida sin pecado,  siempre Virgen y que fue asunta a los cielos?
  • ¿Creen que el primado de Pedro subsiste actualmente en la persona del Obispo de Roma, el Papa?
                Hermano católico, si tu interlocutor no contesta con un simple y rotundo TODAS las preguntas, sino que inicia una verborrea de peros, argumentaciones, citas bíblicas y demás elucubraciones para evitar decir la palabra NO... ni lo dudes un segundo: ese grupo “cristiano” no cree en la Sana Doctrina de la cual la Iglesia Católica es depositaria y que recibió de Cristo mismo, y por lo tanto, no es para nada equiparable a Nuestra Iglesia, da media vuelta y ni te preocupes por participar de una discusión con ellos... como dice San Pablo, “...eviten las discusiones inútiles que sólo sirven para perdición de quienes las escuchan” (2 Tim. 2, 14).

jueves, 22 de marzo de 2012

Certificación Catholic.net


                Con mucha alegría les compartimos que este blog ha obtenido la certificación Catholic.net, esta certificación nos permite poder colocar en nuestro sitio el logo de Catholic.net, pero ¿qué es lo que este logo significa?

                Primero, que el material y las reflexiones que puedes ver en este blog han sido revisadas y aprobadas por expertos de ese portal católico, los cuales han certificado que lo aquí expuesto no está en contra de la doctrina de la Iglesia y puede ser leído con confianza por los católicos que así lo deseen, esto es importantísimo, dado que hoy por hoy en Internet nos podemos encontrar de todo (bueno y malo) y desafortunadamente, mucha doctrina dudosa está mezclada a veces con sana enseñanza en sitios que "se dicen" católicos, en pocas palabras: existe una red de sitios que distribuyen la sana doctrina, y nuestro Blog es uno de ellos.

               Segundo, por esta certificación podrás encontrar en este blog enlaces directos al portal de Catholic.net o bien encontrarás material publicado en dicho portal (en todos los casos se citará la fuente de Catholic.net y se respetará la integridad del texto, encontrando una liga al portal original).

              Tercero, tenemos la posibilidad de publicar contenidos en el portal de Catholic.net y existirá una liga de ese portal a nuestro Blog.

              En definitiva, esta certificación nos compromete aún más en nuestro esfuerzo evangelizador desde este humilde Blog y nos alienta a seguir sembrando, fieles a la misión recibida de Nuestro Señor Jesucristo.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

           
             29 de septiembre, fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. De todos los ángeles del cielo, son siete los arcángeles que tienen entrada a la Gloria de Dios y sólo conocemos de manera particular a tres de ellos por su nombre: Miguel, el príncipe de la milicia celestial; Gabriel, a quien le cupo el honor de llevar el mensaje de la Encarnación del Verbo a Nuestra Señora y Rafael, a quien se dedica un libro entero de la Biblia, en el cual tiene la misión de ser compañero de viaje de los hombres… luego veremos más detalles al respecto.
Fuera de la actual “moda” impuesta por la pseudo espiritualidad de la New Age, en la que se acostumbra honrar a los ángeles, rezando a ellos y venerándolos, pero más que hacerlo como lo que son: santos mensajeros de Dios, encargados de ejecutar sus órdenes. Se toman absurdamente como energías espirituales, que nos ayudan a ascender en el plano de la conciencia, al margen de Dios, o si acaso, considerando a Dios también como una energía cósmica que ordena y mantiene el universo… al punto de que incluso se mencionan innumerables nombres, (sacados de la manga, claro) que nada tienen que ver con la Revelación cristiana, y mucho tienen que ver con religiones esotéricas y espiritualoides…  aunque los nombres de los otros 4 arcángeles suelen basarse en libros apócrifos judíos, no forman parte, como he dicho, de la Divina Revelación.
Cuidándonos de esa falsa idea, los católicos podemos caer en el error (y algunos lo hemos hecho) de irnos al otro extremo: de minimizar su participación en la historia de la salvación y mantener al margen a estos amigos del cielo y de olvidar la doctrina católica, según la cual los ángeles son fieles cooperadores de la Providencia de Dios y que en específico, estos tres ángeles príncipes (eso significa la palabra “arcángel”) merecen un lugar relevante dentro de nuestra historia de salvación y por tanto de la devoción del pueblo de Dios.
De tal manera que la devoción a estos tres arcángeles no sólo no es contraria a la doctrina Católica, sino que es recomendada por la iglesia  en la voz de varios Papas y santos.

“¿Quién como Dios?”, es el significado del nombre de San Miguel. Según la Tradición, (basada en los escritos del Apocalipsis, Jeremías, e Isaías) cuando Luzbel, uno de los más encumbrados y bellos ángeles creados por Dios, se rebela contra él y exclama “¡non serviam!” (no serviré) debido a que se consideraba demasiado alto y perfecto para tener como Rey a un hombre (el Verbo encarnado, Jesús) y por Reina a una criatura, por más perfecta que fuera (María), ya que al ser humana, era de naturaleza menor a la angelica. La soberbia de Luzbel llegó  al punto de pretender ser igual al Altísimo. Al grito de rebeldía de Luzbel se sumaron muchos ángeles, que según el Apocalipsis fue una tercera parte de la corte celestial (Ap. 12, 4). En ese momento, otro gran Arcángel de igual belleza y majestad que Luzbel se postró ante el trono de Dios y en un acto de adoración profunda exclamó en contra de Luzbel: “¡Quién como Dios!”, ese es nuestro amado Miguel. Se entabló entonces una gran batalla en el cielo, en la cual lucharon Miguel y sus ángeles, venciendo y arrojando al infierno a Lucifer y sus demonios (Ap. 12,7-10).



“Fuerza de Dios” es el significado del nombre de San Gabriel, aparece por primera vez en la Biblia explicando el sentido de una visión al profeta Daniel (Dan 8, 15-27; 9,20-27) en la cual le profetiza el tiempo en el que llegará el Mesías (Setenta semanas de años), él es el encargado de llevar el mensaje del nacimiento milagroso de Juan Bautista a su padre Zacarías, ante la incredulidad de éste por el anuncio, Gabriel responde: “Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios”, a él se le asigna la misión más alta que se le ha encargado a ángel alguno: llevarle a nuestra Madre María, el anuncio de la Encarnación del Verbo en su vientre purísimo, y llevar a Dios el “fiat” (hágase) por parte de María.

“Medicina de Dios”, es el significado del nombre de San Rafael, (por cierto, mi santo patrono), el libro de Tobías relata como Rafael es enviado por Dios para acompañar en un largo y peligroso viaje al joven Tobías (sin revelar su identidad), para cobrar una deuda, además de liberar a una doncella, Sara, de las garras del demonio Asmodeo (“El que hace perecer”) y de esta manera darla en matrimonio a Tobías, y por si esto fuera poco, para sanar de su ceguera a Tobit, el padre de Tobías. Por tales razones se le venera como compañero de peregrinos, custodio del amor matrimonial y médico de cuerpos y almas. Al final del libro, se revela con las siguientes palabras: “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la Gloria del Señor”.


Por su victoria sobre Lucifer y sus demonios, a San Miguel Arcángel se le invoca como protector de la Iglesia,  y como defensa contra Satanás. En Octubre 13, 1884, el Papa León XIII, experimento una visión horrible. Después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano, cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo él veía. Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? 
El respondió: "¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.
¿Qué vio León XIII?  "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo." Vio también a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.
Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordeno que la enviara a todos los obispos del mundo, indicando que bajo mandato tenía que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí él había escrito:

“San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo
contra la perversidad y asechanzas
del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú Príncipe de la Milicia Celestial,
arroja al infierno con el divino poder
a Satanás y a los otros espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas.
Amén."
                Posteriormente, con la reforma litúrgica del Vaticano II esta oración fue eliminada de la liturgia, aunque el pueblo católico la ha conservado y rezado desde entonces de manera personal.


La palabra ángel significa “mensajero” y la importancia de un mensajero depende de la importancia del mensaje que comunica, si ese es el caso, muy alto debe ser el puesto entre los ángeles del Arcángel San Gabriel, pues fue quien llevó el mensaje de la Encarnación a la Madre del Verbo, y llevó su respuesta a Dios, es por eso que se le invoca como patrono de las comunicaciones, los embajadores y diplomáticos. De hecho tal vez sin pensarlo, hemos rezado la siguiente oración, que hace clara alusión al Arcángel San Gabriel y que forma parte de la oración del Angelus:
“Te suplicamos, Señor,
que derrames en nosotros tu Gracia
para que los que hemos conocido por el anuncio de tu ángel
la Encarnación de tu Hijo
lleguemos por su pasión y su cruz
a la Gloria de la Resurrección
por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amen.”



             La devoción a los Santos Arcángeles fue muy recomendada por San Josemaría Escrivá de Balaguer, quien era así mismo un gran devoto de ellos, respecto al Arcángel San Rafael solía decir que todos los padres de familia deberían encomendar a sus hijos a San Rafael, pues él acompañó a Tobías, el hijo de Tobit y lo regresó sano, salvo, con esposa y una gran hacienda a casa de sus padres. Desde que escuché esta recomendación de San Josemaría he sido un gran devoto de mi santo patrono, pues es bien sabido que en Cd. Juárez, ante los secuestros, extorsiones, robos y violencia, los padres estamos con el alma en un hilo cada vez que estamos lejos de nuestros hijos. Es por eso que en mi devoción personal, he compuesto esta oración a San Rafael Arcángel, que pongo a disposición de quien quisiera usarla de manera personal:
“San Rafael Arcángel,
tú que acompañaste a Tobías en su largo y peligroso viaje;
toma a mis hijos de la mano,
protégelos en su viaje por esta vida a la patria celestial,
que ningún mal los alcance,
que nunca se aparten del camino de Dios,
que sean buenos niños, excelentes jóvenes y hombres santos
que prefieran morir antes que pecar,
que sean el consuelo de su madre y el orgullo de su padre,
que practiquen el bien  y no tropezarán con el mal
para que al final de su camino
puedan gozar contigo de la Gloria de Dios, tres veces santo
y alabarlo en tu compañía y en la compañía de todos los ángeles del cielo,
por los siglos de los siglos.
Amén.”
             Como ven, lejos de ser una devoción pasada de moda, o de la lamentable deformación de las supuestas religiones y “ciencias” metafísicas, la devoción a los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, es una arma poderosa para el cristiano de estos tiempos difíciles, usémosla.

Dedicado a mi hijo: Angel Rafael.

lunes, 5 de septiembre de 2011

¡El amor que debemos tenerle a nuestro párroco!

               El jueves de la semana pasada recibí una llamada de mi esposa diciéndome que un sacerdote amigo muy querido me estaba buscando de manera urgente (y debía ser en verdad urgente, porque estaba tratando de localizarme mediante una pareja de amigos, además de mi hermano y mi cuñada, quienes finalmente se comunicaron con mi esposa).

               Una vez que me comuniqué con él, supe la razón de la urgencia: en una semana exactamente él cumpliría un año más de su ordenación sacerdotal y estaba invitando a nuestro coro a cantar en un convivio posterior a su misa de acción de gracias. Por supuesto que accedí, es un sacerdote muy querido por nuestro coro, debido a que fue por varios años párroco de nuestra comunidad y durante su permanencia en nuestra parroquia se supo ganar el cariño de toda la comunidad, incluidos nosotros.

                A pesar de ser complicado por la premura de la celebración, nos empezamos a poner de acuerdo el siguiente domingo respecto a qué podríamos cantar, dónde y a qué hora vernos, etc. Sin embargo, durante la misa de ese mismo domingo, nos llevaríamos la sorpresa de que ese mismo día, nuestro actual párroco cumplía también años de sacerdocio e invitaba a la comunidad a participar en la misa de acción de gracias que celebraría el jueves de esta semana.

                 Inmediatamente nos dimos cuenta en el coro del dilema en el que estábamos metidos: un sacerdote querido de nosotros festejaba su aniversario sacerdotal y nos había invitado a celebrarlo, y nuestro párroco hacía lo propio, debido a que también era su aniversario... y ya nos habíamos comprometido con el primer sacerdote. ¿Faltaríamos a la celebración de nuestro párroco?

                   Algunos dirían que ya habíamos confirmado la asistencia y que teníamos la responsabilidad de estar con el primer sacerdote que nos invitó, pero: ¡qué mal haríamos si faltáramos a la celebración de nuestro párroco, por ir a la celebración del otro sacerdote!... ¿Por qué?

                   Nuestra Iglesia como regla general ha adoptado para realizar su labor pastoral en nuestro mundo una estructura basada en la distribución territorial: ha dividido el mundo católico en diócesis, pastoreadas por un Obispo, las cuales están a su vez divididas por territorios parroquiales, cuyos feligreses son las personas que viven dentro del territorio parroquial, aunque en algunas ocasiones por afinidad o por cuestiones de horario puede un fiel asistir comúnmente a una parroquia que no le corresponde territorialmente.

                   Como lo dice el Código de Derecho Canónico en su canon 515: La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio.



                  En el momento que un sacerdote es asignado a una parroquia determinada, es constituido por la autoridad episcopal como pastor de esa comunidad, y según el mismo Código de Derecho Canónico es el encargado del anuncio de la Palabra de Dios, de la formación catequética, de la celebración de los sacramentos en especial de la Eucaristía, la cual debe ser el centro de la comunidad parroquial, en suma: es por el párroco que la comunidad es edificada en Cristo, y es alimentada por el Pan de la Palabra y de la Eucaristía.

                 Por ello el párroco debe ser altamente amado por su comunidad, ya que en la comunidad parroquial él es cooperador eficaz en el ministerio pastoral del Obispo y es para ella la voz del Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre.

                 Sólo por esa razón deberíamos amar de una manera especial a nuestro párroco, podemos tener mucho cariño a algún sacerdote amigo o familiar, pero nuestro pastor es nuestro párroco, él realiza la función pastoral de Cristo en nuestra comunidad, y merece toda nuestra reverencia, respeto y amor grande de hijos.

                  Decía que sólo por esa razón deberíamos amar de manera privilegiada a nuestro párroco, pero aún hay otra razón importantísima: No sólo él es nuestro párroco, además de eso, nosotros somos su comunidad.

                  Él es un ser humano como todos nosotros, necesitado de cariño, comprensión y compañía. Para atender la llamada del Señor él aceptó renunciar a una esposa, a una familia, para formar la familia de Dios que es la Iglesia, él se negó la alegría de un hogar con hijos, para servir a los hijos de nuestros hogares, las noches serían solitarias y no habría beso de las buenas noches para él. Pero él bien sabía que en su vida no estaría sólo, siempre tendría la compañía de Dios... y de su comunidad.

                   De tal manera que cuando decimos que "él es nuestro párroco", lo decimos en dos sentidos: en sentido de que nosotros le pertenecemos (y él tiene la responsabilidad de cuidarnos pastoralmente como hijos espirituales que somos suyos), pero también en el sentido de que él nos pertenece (y tenemos responsabilidades para con él de cuidarlo también, hacerlo sentirse amado y que valió la pena dejarlo todo por el Señor y por su comunidad).

                   La gran mayoría de las personas que forman parte de una comunidad parroquial, creen que el párroco está para servir: para administrar los sacramentos a quien se lo pida, a enseñar, a ser caritativo con los feligreses, a educarlos en la fe, a animarlos cuando están tristes, a consolarlos cuando han perdido a un ser querido, a reconfortarlos cuando están enfermos, a atenderlos cuando necesitan un consejo o una orientación... y Ay de ese sacerdote si alguna vez por debilidad humana, o por verdaderas razones pastorales se niega a prestar ese servicio, entonces es un mal sacerdote, no tiene vocación, ni caridad para con sus fieles, etc, etc, etc.

                   Lo más triste de todo es que a esas mismas personas que así piensan, se les olvida que también la comunidad debe hacer lo mismo por el sacerdote, la comunidad está también para servirlo: para orar por su santificación y fidelidad a su ministerio, para edificarlo en la vida de la comunidad, para acompañarlo en sus alegrías, en sus tristezas, en sus problemas personales y familiares (porque muchos tienen padres y hermanos también), para ser apoyo firme en el trabajo pastoral de la parroquia, para estar junto a él cuando las cosas no salen como quisiera...nunca sabremos cuánto nos necesita nuestro párroco y muchas veces debe pasar por todo esto... solo.


                   Este cariño y amor entrañable que como su comunidad le debemos a nuestro párroco, no se dispensa a pesar de que él sea duro, inflexible, tenga fallas de carácter, o debilidades y defectos humanos, ¿acaso, los defectos de tu padre biológico hace que dejes de amarlo? Por otro lado, si nos ponemos a contabilizar agravios, estoy seguro que el párroco recibe más agravios de su comunidad que los que él pudiera hacerle, por una sencilla razón: porque nosotros somos más, y cada uno de nosotros tenemos carácter y manías diferentes, y a veces pareciera que la consigna es “todos contra el padre”, así que, como en una familia, en la convivencia diaria de una comunidad parroquial, el perdón es algo que debe ejercitar tanto el párroco, como la misma comunidad.

                   Así que... a amar mucho a nuestros párrocos, que lo han dado todo por Cristo... y por nosotros, su pueblo; que sus debilidades humanas sean suplidas por nuestras oraciones y que así como ellos dejan su marca indeleble en las comunidades que presiden, así nosotros, su pueblo, dejemos marca en ellos, una marca de amor, santidad y gozo en la comunión eclesial.


                   Por eso, hoy le hablaré a nuestro amigo sacerdote, para decirle que con mucho gusto estaremos en su fiesta de aniversario... después de haber celebrado la misa y haber compartido un momento de compañía con nuestro párroco. Estoy seguro que lo entenderá... porque él también sabe lo que es tener una comunidad que lo quiere y acompaña en sus momentos de tristeza y alegría.

lunes, 8 de agosto de 2011

Mi marido me abandonó por otra mujer, ¿puedo rehacer mi vida con otra persona?


               Lamentablemente se van multiplicando los casos de matrimonios rotos, en los que una persona abandona a su cónyuge para irse a vivir con otra persona diferente, es común también que después del terremoto anímico que esto constituye para la persona que es abandonada, quiera "rehacer" su vida con una nueva relación... pero, ¿puede según la doctrina de la Iglesia volver a tener una nueva relación, si ya se había casado por la Iglesia con su cónyuge?

                La respuesta categórica es NO, la persona que es abandonada por la pareja con la que había contraído nupcias no queda liberada de cumplir con los votos de fidelidad a los que se comprometió el día de su boda, aunque la otra parte haya sido la que cortó la relación.

                La situación en todo caso es compleja,  lamentable, triste y preocupante, requiere toda una pastoral de acompañamiento, primero a los novios (para que sepan discernir su vocación al matrimonio), segundo una buena preparación pre-matrimonial (para dotar a las parejas de las herramientas para poder vivir plenamente en el plano humano y cristiano su Sacramento del Matrimonio), una oportuna pastorial matrimonial y familiar (que responda a las necesidades actuales de la pareja y la familia) y claro, una asesoría especializada para parejas y familias en conflicto, para sanar las heridas que pudieran tener los integrantes y en caso de ser inevitable una separación, un pastoral que permita a cada una de las partes vivir cristianamente desde su situación personal.

                Sin embargo, la Iglesia, depositaria de los Sacramentos y de la verdad revelada, no puede cambiar la enseñanza recibida de Jesús respecto al matrimonio: "Quien se separa de su mujer para casarse con otra, comete adulterio" (Mt. 19,9). Veamos las razones de esta imposibilidad de establecer una nueva relación con otra persona:

                El sacramento del matrimonio es una alianza que por amor se realiza entre tres personas: El esposo, la esposa y Cristo. En esta alianza los esposos se comprometen entre sí  y con Cristo a tres cosas:

1.       A ser fieles
2.       A amarse
3.       A respetarse...
               
                ...por todos los días de su vida.

                Esta promesa se realiza entre los esposos CON Cristo, porque el matrimonio es el sacramento por el cual los esposos se convierten en signo del amor de Cristo en el mundo.

                ¡Y ojo!, esta promesa es incondicional, es decir, no decimos: te seré fiel, te amaré y te respetaré siempre y cuando me seas fiel, me ames y me respetes tampoco decimos, mientras seas guapo, o mientras tengas pelo, o mientras seas simpático, ¡NO!, es una promesa incondicional, tan es así, que decimos expresamente: “Prometo serte fiel en lo prospero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad”.

                Veamos cuál es la situación en la que vive quien abandona a su pareja para irse a convivir con otra persona (es decir el caso de la persona que abandona a su cónyuge):

                Cuando una de las partes rompe esta promesa, le falla no solo al otro cónyuge, sino a Cristo mismo; y así, si hace vida con otra persona, comete adulterio y como la situación de vida que lleva es un constante y permanente fallarle al cónyuge y a Cristo (porque vive con esa otra persona), esta persona está viviendo permanentemente en pecado, de manera que no puede acercarse a los sacramentos, necesitaría confesarse, pero como para confesarse necesita tener “Propósito de enmienda” es decir, tener la intención de romper con la relación que lo está haciendo pecar y como normalmente quien vive con una persona que no es su cónyuge no está dispuesto a dejarla, pues no se puede confesar, porque no quiere enmendar su vida.

A este respecto el Catecismo de la Iglesia católica en su número 1650 nos dice:

            “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.”

                Bueno, hasta ahora hemos hablado de la persona que abandona a la otra ¿qué pasa con la otra parte que es abandonada?

                O.k. El hecho de que la otra parte haya fallado en su promesa, no libera a la persona que se queda sola de su obligación de cumplir con los votos matrimoniales, porque la promesa fue serle fiel, amarla y respetarla todos los días de su vida INCONDICIONALMENTE ¿aunque me sea infiel? Aunque te sea infiel... porque tu alianza no fue sólo con él, fue también con Cristo, esta alianza de tres fue rota por una persona, pero las dos que quedan deben respetar esa alianza para toda la vida... y Cristo siempre permanece fiel, otorgando las gracias necesarias a la persona que queda sola para cumplir con su promesa matrimonial.

                Una persona cuyo matrimonio se ha roto, puede y debe seguir llevando una vida sacramental: comulgar, confesarse, etc. siempre y cuando no caiga en la misma condición de vida de la pareja que la ha abandonado, pues si hace vida de pareja con otra persona, cae también en adulterio y lo mismo que dijimos arriba de la situación permanente de pecado de la persona que ocasionó la ruptura se le aplica ahora a la persona que fue abandonada y que ahora vive con otra persona.

                 Si la persona que se queda sola, es fiel a sus votos matrimoniales de fidelidad, amor y respeto a pesar de que la otra persona no los cumpla, se convierte ante el mundo en un verdadero SIGNO DEL AMOR DE CRISTO  que ama y es fiel, aunque los hombres nos olvidemos a veces de él y le demos la espalda.  Ser signo del amor de Cristo es el ser del sacramento del matrimonio, de tal manera que tú seguirás viviendo tu sacramento a pesar de que tu cónyuge no esté contigo.

                Como lo decía el beato Juan Pablo II:

            “Es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad.” (Familiaris Consortio, 20)

                Hay que considerar también que cuando se han tenido hijos en el matrimonio, si el rompimiento es doloroso para los hijos, el ver a sus padres, iniciar y  terminar nuevas relaciones con otros adultos para volver a empezar otra relación, hacen que se vaya deformando su concepto de compromiso, amor y fidelidad, llegando al punto de que el matrimonio lo llegan a entender de una manera muy deformada:  ya no es el compromiso de amor para toda la vida, sino simplemente un arreglo entre dos personas para amarse mientras dure la emoción y en ocasiones incluso, llegan a perder la fe en el matrimonio y en el amor, pues nunca pudieron ver en mamá o papá un ejemplo claro de amor y fidelidad para toda la vida.

                Un hijo de Dios que se ha comprometido en matrimonio y que habiendo sido abandonado por su cónyuge no inicia una nueva unión, sino que consciente de la indisolubilidad del matrimonio se entrega por completo a sus deberes familiares (con sus hijos) y a las responsabilidades de la vida cristiana, se convierte sin duda en un faro para los hombres, mostrándoles el amor fiel y eterno de Dios y al mismo tiempo camina, no en soledad, sino con Cristo mismo que lo acompaña un camino de santidad.