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lunes, 8 de agosto de 2011

Mi marido me abandonó por otra mujer, ¿puedo rehacer mi vida con otra persona?


               Lamentablemente se van multiplicando los casos de matrimonios rotos, en los que una persona abandona a su cónyuge para irse a vivir con otra persona diferente, es común también que después del terremoto anímico que esto constituye para la persona que es abandonada, quiera "rehacer" su vida con una nueva relación... pero, ¿puede según la doctrina de la Iglesia volver a tener una nueva relación, si ya se había casado por la Iglesia con su cónyuge?

                La respuesta categórica es NO, la persona que es abandonada por la pareja con la que había contraído nupcias no queda liberada de cumplir con los votos de fidelidad a los que se comprometió el día de su boda, aunque la otra parte haya sido la que cortó la relación.

                La situación en todo caso es compleja,  lamentable, triste y preocupante, requiere toda una pastoral de acompañamiento, primero a los novios (para que sepan discernir su vocación al matrimonio), segundo una buena preparación pre-matrimonial (para dotar a las parejas de las herramientas para poder vivir plenamente en el plano humano y cristiano su Sacramento del Matrimonio), una oportuna pastorial matrimonial y familiar (que responda a las necesidades actuales de la pareja y la familia) y claro, una asesoría especializada para parejas y familias en conflicto, para sanar las heridas que pudieran tener los integrantes y en caso de ser inevitable una separación, un pastoral que permita a cada una de las partes vivir cristianamente desde su situación personal.

                Sin embargo, la Iglesia, depositaria de los Sacramentos y de la verdad revelada, no puede cambiar la enseñanza recibida de Jesús respecto al matrimonio: "Quien se separa de su mujer para casarse con otra, comete adulterio" (Mt. 19,9). Veamos las razones de esta imposibilidad de establecer una nueva relación con otra persona:

                El sacramento del matrimonio es una alianza que por amor se realiza entre tres personas: El esposo, la esposa y Cristo. En esta alianza los esposos se comprometen entre sí  y con Cristo a tres cosas:

1.       A ser fieles
2.       A amarse
3.       A respetarse...
               
                ...por todos los días de su vida.

                Esta promesa se realiza entre los esposos CON Cristo, porque el matrimonio es el sacramento por el cual los esposos se convierten en signo del amor de Cristo en el mundo.

                ¡Y ojo!, esta promesa es incondicional, es decir, no decimos: te seré fiel, te amaré y te respetaré siempre y cuando me seas fiel, me ames y me respetes tampoco decimos, mientras seas guapo, o mientras tengas pelo, o mientras seas simpático, ¡NO!, es una promesa incondicional, tan es así, que decimos expresamente: “Prometo serte fiel en lo prospero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad”.

                Veamos cuál es la situación en la que vive quien abandona a su pareja para irse a convivir con otra persona (es decir el caso de la persona que abandona a su cónyuge):

                Cuando una de las partes rompe esta promesa, le falla no solo al otro cónyuge, sino a Cristo mismo; y así, si hace vida con otra persona, comete adulterio y como la situación de vida que lleva es un constante y permanente fallarle al cónyuge y a Cristo (porque vive con esa otra persona), esta persona está viviendo permanentemente en pecado, de manera que no puede acercarse a los sacramentos, necesitaría confesarse, pero como para confesarse necesita tener “Propósito de enmienda” es decir, tener la intención de romper con la relación que lo está haciendo pecar y como normalmente quien vive con una persona que no es su cónyuge no está dispuesto a dejarla, pues no se puede confesar, porque no quiere enmendar su vida.

A este respecto el Catecismo de la Iglesia católica en su número 1650 nos dice:

            “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.”

                Bueno, hasta ahora hemos hablado de la persona que abandona a la otra ¿qué pasa con la otra parte que es abandonada?

                O.k. El hecho de que la otra parte haya fallado en su promesa, no libera a la persona que se queda sola de su obligación de cumplir con los votos matrimoniales, porque la promesa fue serle fiel, amarla y respetarla todos los días de su vida INCONDICIONALMENTE ¿aunque me sea infiel? Aunque te sea infiel... porque tu alianza no fue sólo con él, fue también con Cristo, esta alianza de tres fue rota por una persona, pero las dos que quedan deben respetar esa alianza para toda la vida... y Cristo siempre permanece fiel, otorgando las gracias necesarias a la persona que queda sola para cumplir con su promesa matrimonial.

                Una persona cuyo matrimonio se ha roto, puede y debe seguir llevando una vida sacramental: comulgar, confesarse, etc. siempre y cuando no caiga en la misma condición de vida de la pareja que la ha abandonado, pues si hace vida de pareja con otra persona, cae también en adulterio y lo mismo que dijimos arriba de la situación permanente de pecado de la persona que ocasionó la ruptura se le aplica ahora a la persona que fue abandonada y que ahora vive con otra persona.

                 Si la persona que se queda sola, es fiel a sus votos matrimoniales de fidelidad, amor y respeto a pesar de que la otra persona no los cumpla, se convierte ante el mundo en un verdadero SIGNO DEL AMOR DE CRISTO  que ama y es fiel, aunque los hombres nos olvidemos a veces de él y le demos la espalda.  Ser signo del amor de Cristo es el ser del sacramento del matrimonio, de tal manera que tú seguirás viviendo tu sacramento a pesar de que tu cónyuge no esté contigo.

                Como lo decía el beato Juan Pablo II:

            “Es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad.” (Familiaris Consortio, 20)

                Hay que considerar también que cuando se han tenido hijos en el matrimonio, si el rompimiento es doloroso para los hijos, el ver a sus padres, iniciar y  terminar nuevas relaciones con otros adultos para volver a empezar otra relación, hacen que se vaya deformando su concepto de compromiso, amor y fidelidad, llegando al punto de que el matrimonio lo llegan a entender de una manera muy deformada:  ya no es el compromiso de amor para toda la vida, sino simplemente un arreglo entre dos personas para amarse mientras dure la emoción y en ocasiones incluso, llegan a perder la fe en el matrimonio y en el amor, pues nunca pudieron ver en mamá o papá un ejemplo claro de amor y fidelidad para toda la vida.

                Un hijo de Dios que se ha comprometido en matrimonio y que habiendo sido abandonado por su cónyuge no inicia una nueva unión, sino que consciente de la indisolubilidad del matrimonio se entrega por completo a sus deberes familiares (con sus hijos) y a las responsabilidades de la vida cristiana, se convierte sin duda en un faro para los hombres, mostrándoles el amor fiel y eterno de Dios y al mismo tiempo camina, no en soledad, sino con Cristo mismo que lo acompaña un camino de santidad.

viernes, 5 de agosto de 2011

El cuarto dogma mariano: La gloriosa Asunción de María a los cielos

El más reciente dogma declarado formalmente por la Iglesia es precisamente este: María fue asunta a los cielos en cuerpo y alma, una declaración que se realizó el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 en compañía de 700 obispos en la plaza San Pedro.
Sin embargo la asunción de María era una doctrina enseñada por la Iglesia mucho antes de que se declarara como dogma de fe.
"San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Consejo de Chalcedon (451). hizo saber al Emperador Marcian y Pulcheria, quien deseaba obtener el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en la presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta por pedido de Santo Tomás, se encontraba vacía; y que los Apóstoles concluyeron que el cuerpo había sido llevado al Cielo" 
Ya desde los primeros siglos, se recogen sermones de San Andrés de Creta (650-712), San Juan Damasceno (675-749), San Modesto de Jerusalén (634), San Gregorio de Tours (538-594) para la fecha de la dormición de la Virgen (expresión usada más comúnmente por la Iglesia de oriente). Lo cual muestra una devoción especial del pueblo de Dios a esta prerrogativa de Nuestra Señora.
La declaración formal del dogma de la Asunción de María es una consecuencia natural del anterior dogma declarado por Pío IX: La Inmaculada Concepción de María, ya lo mencionaba Pío XII en su bula de la asunción:
“Este privilegio -el de la Asunción de María- resplandeció con nuevo fulgor desde que Pío IX, definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción. Estos dos privilegios están -en efecto- estrechamente unidos entre sí”.
             Y es que si maría es Inmaculada, como dice Santo Tomás de Villanueva: “no es justo que sufra corrupción aquel cuerpo que no estuvo sujeto al pecado”
A continuación, las palabras mismas que definen este Dogma, tomadas de la Bula Munificentissimus Deus:
“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
¿Qué implicaciones tiene este dogma con nuestra vida de cristianos?
El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nos responde:
"La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos" (#966). 
Es decir, que ella ha participado anticipadamente de la resurrección que todos esperamos, ella es la prenda de nuestra gloria futura.
El Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica esto mismo en los siguientes términos: 
"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio" (JP II, 2-julio-97). 
            Por tanto esta verdad de la Asunción de María a los cielos debe llenarnos de esperanza y confirmarnos en nuestra fe, y más ahora en este tiempo en el que creencias absurdas y paganas como la de la “reencarnación” se han hecho tan populares en la sociedad globalizada que tenemos, es inconcebible que un cristiano, teniendo la esperanza en la resurrección de la cual ya ha participado nuestra Madre, ponga siquiera algún tipo de interés en la creencia de la reencarnación.
            Llenémonos entonces de esperanza sabiendo que la más bella y excelsa de nuestra estirpe, nuestra Madre María Santísima goza ya de la participación plena de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que esperamos alcanzar un día en compañía de los ángeles y santos de Dios.

miércoles, 3 de agosto de 2011

El tercer dogma mariano: La Inmaculada Concepción de María


                Entrañable y muy especial emoción me ocasiona este día tratar el tercer dogma definido en relación a Nuestra Señora, debido a que es el dogma al que se acoge este pequeño apostolado de las Flechas de la Inmaculada: El dogma de la “Inmaculada Concepción de María”, a ella pido su intercesión para poder relatar dignamente tan alta doctrina y gloria que mereció la Santísima Virgen María en virtud de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo.

                En esta verdad definida por nuestra Iglesia en el año de 1854 (muy reciente ya por cierto, considerando los anteriores dogmas ya analizados en las anteriores flechas) reconocemos el amor previsor de Dios Padre, que en su Sabiduría eterna, sabiendo que el Verbo se haría hombre para ser nuestro Redentor, y que por tanto tomaría carne humana del seno de una Mujer, quiso en virtud de los méritos de la Redención de Jesucristo, preservar de toda mancha a esta Mujer, María, la siempre Virgen, y adornarla con toda suerte de gracias al punto de que el ángel la saluda como “La llena de Gracia”, cual si ese fuera su nombre propio.

                Para acercarnos a este dogma de fe, debemos antes que nada, confesar nuestra fe en otro dogma: El del pecado original. La Iglesia confiesa que por el pecado de nuestros primeros padres todo el linaje humano quedó manchado y por ende todos pecamos, como lo atestigua el mismo David: “Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 50, 7) y lo reafirma San Pablo: “Así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron...” (Rom. 5,12).

                De tal manera que, siendo todos los hombres pecadores de nacimiento, era necesaria la Redención de Cristo para poder ser salvados de la muerte y de la esclavitud del pecado, nadie antes de Cristo estaba libre del pecado. Sería Cristo con su Sacrificio Redentor quien abriría los tesoros de la Gracia divina a los hombres y por tanto el cielo, volveremos a este tema más adelante.

                Es del mismo apóstol San Andrés (y celebro que uno de mis hijos lleve su nombre) de quien se recoge el testimonio más antiguo de esta verdad revelada. Frente al procónsul Egeo afirma con su autoridad apostólica: “Y porque el primer hombre fue formado de una tierra inmaculada, era necesario que el Hombre perfecto naciera de una virgen igualmente inmaculada”.

                La Iglesia bizantina celebró desde el siglo VI la Concepción de María en el seno de su madre Santa Ana, ya en el siglo IX pasa esta celebración a Roma explícitamente como “Concepción de María sin pecado original”.

                Esta devoción popular y esta fiesta litúrgica tan entrañable y arraigada en el pueblo cristiano era motivo de debate entre teólogos y pastores de la Iglesia: Si antes de Cristo, el hombre estaba caído en las garras del pecado, y sólo después de su Redención el hombre sería rescatado, entonces María, al nacer antes de que Cristo muriera por nosotros, debió haber nacido también con la mancha del pecado original. Ella al ser criatura de Dios, también había sido redimida por Cristo, por tanto, debió haber estado sujeta al pecado como los demás hombres. La doctrina según la cual María había sido concebida sin pecado presentaba una gran dificultad teológica, dificultad que duraría siglos.

                Está oposición tuvo dos efectos providenciales: un mayor ardor en el pueblo de Dios respecto a esta fiesta y verdad revelada, y además que el paso de los siglos permitiera una mayor profundización de este misterio.  A tal grado había crecido la devoción del pueblo de Dios a esta fiesta que en 1476 el Papa Sixto IV da aprobación oficial estableciendo la memoria de la “Concepción de María”, con liturgia propia.

                Aun no se había definido el dogma, y continuaban voces a favor y en contra de esta verdad, el pueblo sencillo exclamaba “¡María, concebida sin pecado!” mientras los teólogos discutían entre sí.

                En medio de esta polémica, un fraile franciscano escocés, teólogo del siglo XIII y declarado beato por el Papa Juan Pablo II; Juan Duns Escoto, dio con la clave de la solución: “Cristo es el redentor de todos los hombres, también María es redimida, pero hay dos clases de redención; una redención, la que salva de la caída, uno que ha caído y le sacan del hoyo donde cayó, del abismo donde cayó, es un redimido, y así nos ha redimido a todos Cristo porque todos hemos caído en el abismo del pecado original, todos nacemos manchados con esa desobediencia de Adán. Pero hay otra segunda clase de redención que se llama una redención de preservación, una redención que consiste en no dejar caer, en decirle: antes de que caigas al abismo, te recojo en mis brazos y te mantengo elevada; como todos los que han caído, tú no has caído, pero debías haber caído, yo te he preservado por un amor especial.”

                Este era el caso de Nuestra Señora, a quien el amor previsor del Señor, a sabiendas de que tomaría carne mortal de su propia carne, quiso preservarla de toda mancha, pues la carne y sangre que nos redimiría en la cruz no podía en justicia estar manchada por el pecado,  y habiendo tomado carne únicamente de Nuestra Madre, (por la encarnación) no podía entregar en sacrificio un cuerpo manchado por el pecado,  si así hubiera sido, habría que decir que Nuestro Redentor no fue un “Cordero sin pecado que a las ovejas salva”

                Es de total justicia divina que la pureza increada del Verbo merecía tomar carne de una Virgen totalmente pura, sin mancha, para que no tuviera el enemigo motivo para decir que la carne que habría de derrotarlo en la cruz había estado esclavizada a él por el pecado, o mejor dicho: porque la carne que derrotaría al demonio en la cruz no podría dar muerte al pecado si hubiera en algún momento sido esclava del mismo pecado que debía derrotar.

                La dificultad teológica estaba salvada, el pueblo y la gran mayoría de sus obispos exclamaba “Ave María Purísima, sin pecado original concebida”, sólo faltaba la declaración formal del dogma que se hacía esperar.

                En 1830 la Virgen se aparece a la religiosa francesa de las hijas de la caridad: Catalina Labouré y le pide mande hacer una medalla con la siguiente inscripción: “María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos” esta aparición pasará a la historia como “La Medalla Milagrosa”.

                Así pues, cuando en 1850 la Iglesia pasaba por circunstancias difíciles, en un momento de abatimiento, el Papa Pío IX le decía al Cardenal Lambruschini, con respecto a la definición del dogma de la Inmaculada: “No he encontrado solución humana a esta situación” y el cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina Su Santidad El dogma de la Inmaculada Concepción”

               Y el 8 de diciembre de 1854, Pio IX rodeado de la solemne corona de 92 obispos, 54 arzobispos, 43 cardenales y de una gran multitud, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen María:

“… Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente , en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…” (Bula ineffabilis Deus. Pio IX, 8 de diciembre de 1854)

.
.
                El deseo se había cumplido, lo que la Iglesia había creído desde siempre era declarado oficialmente revelado por Dios, a través de un largo camino en el que la Iglesia tomó conciencia de esta verdad revelada, ella misma fue formando en sus hijos, una fe sincera, firme e inquebrantable en la pureza inmaculada de María.

Años más tarde, en un pueblito de los pirineos franceses llamado Lourdes, una jovencita de nombre Bernardette Soubirous  ve a una Señora joven y hermosa a la entrada de una gruta, era Nuestra Señora. En un período de seis meses, Bernardette recibe un total de 18 apariciones, en una de ellas, el 25 de marzo de 1858, Bernardette, aconsejada por el cura de Lourdes le pregunta “¿quién eres?” a lo que la Señora contesta: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Por eso en el prefacio de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción la Iglesia proclama:

En verdad es justo y necesario darte gracias,
siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo,
Dios Todopoderoso y Eterno,
porque preservaste a la Virgen María
de toda mancha de pecado original,
para que en la plenitud de la gracia
fuese digna Madre de tu Hijo
y comienzo e imagen de la Iglesia,
esposa de Cristo,
llena de juventud y de limpia hermosura.
Purísima había de ser, Señor,
la Virgen que nos diera  el Cordero inocente
que quita el pecado del mundo.
Purísima la que, entre los hombres,
es abogada de gracia,
y ejemplo de santidad

                Preguntémonos, si nosotros pobres mortales, pudiéramos adornar a nuestras madres terrenales con las más grandes dotes de hermosura y gracias, a fin de colmarlas de belleza y majestad, ¿no lo haríamos acaso? No lo hacemos porque nuestra limitada capacidad nos lo impide, pero Jesús, con toda su Omnipotencia, Sabiduría y Amor, sí podía y quería engalanar a su Madre con toda clase de virtudes y gracias,  lo hizo y por eso la preservó del pecado original, haciéndola “La llena de Gracia”, como dice un refrán español:
.
Si Jesús quería hacerlo y no podía, entonces no es Dios,
Si podía y no quería, entonces no es un buen hijo,
Jesús lo pudo, lo quiso y así pues... lo hizo.

¡María fue concebida libre de toda mancha del pecado original!

lunes, 1 de agosto de 2011

Primer dogma mariano: María es Madre de Dios.

                  Releyendo la flecha de la Inmaculada pasada, en la que mencionaba que María es Corredentora,  mediadora y abogada, y en el cual también hacía un comentario referente a que ese es el tema por el que se ha estado solicitando a la Santa Sede la declaración del quinto dogma mariano, me vino a la mente la necesidad de explicar un poco los cuatro dogmas marianos que se han declarado hasta el día de hoy.  Y lo haremos en orden según los cuales se fueron definiendo en la historia de la Iglesia, de tal manera que iniciaremos con el primer dogma mariano que se definió: La Maternidad Divina de María, es decir, María es Madre de Dios.
                Una vez que terminó la persecución de los cristianos por el imperio Romano, y ya que la Iglesia gozó, no solo de paz, sino incluso del apoyo del imperio bizantino, a partir del siglo IV llegaba el momento en que la Iglesia pudiera reflexionar tranquilamente sobre lo que en realidad creía y empezara a ordenar el cuerpo doctrinal de su fe.
                Fueron varias las cuestiones que se iban clarificando con la ayuda de las enseñanzas de los llamados “Padres de la Iglesia” sin embargo, no por ello dejaron de existir desacuerdos en torno a lo que la Iglesia creía.
                Así pues, una de las discusiones más importantes del siglo IV era la naturaleza de Jesús: Ya anteriormente se había definido en los concilios de Nicea y Constantinopla que Jesús era Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero  de Dios verdadero, sin embargo, la forma   en la que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo presente en el mundo, era tema de debate: Hubo un monje en Alejandría llamado Nestorio que fue nombrado Obispo de Constantinopla (la diócesis más importante del mundo antiguo, después de Roma) que declaraba que en Jesús, subsistían dos naturalezas: la humana y la divina, pero que además, en Cristo estaban presentes también dos personas, el Verbo del Padre (Dios) y Jesús de Nazareth (hombre) cada persona independiente de la otra, por tanto, María era únicamente la Madre de la persona humana, no de la divina, en ese sentido María era la Madre de Cristo, pero no la Madre de Dios, lo cual consideraba Nestorio una herejía.
                Inmediatamente esta doctrina fue rechazada por la mayoría de los demás Obispos, entre los que sobresalía el mismo Obispo de Alejandría: Cirilo, quien defendía el hecho de que efectivamente en Jesús existían dos naturalezas: la humana y la divina, pero que coexistían en una sola persona: Jesucristo, de tal manera que no había dos personas en Jesús, Jesús mismo, era verdadero Dios y verdadero hombre y por tanto, la Vírgen María no sólo era la Madre de Cristo, sino también la Madre de Dios.
                Ante ambas doctrinas predicadas, el emperador cristiano Teodosio II convocó a un concilio a celebrarse en la ciudad de Éfeso durante el año 431, el Papa Celestino I mandó a sus legados (representantes) y tal concilio estaría presidido por Cirilo de Alejandría  con el fin de definir si María era la Khristotokos (Madre de Cristo) o la Theotokos (Madre de Dios).
                Después de varias deliberaciones, el Concilio condenó finalmente como herética la doctrina de Nestorio, al tiempo que lo destituyó de su puesto como Obispo de Constantinopla, declarando como verdadera  la doctrina de Jesús con dos naturalezas, pero una sola persona, se definía el dogma de la maternidad divina de María: Nuestra Señora era Madre de Dios, porque, había sido Madre de Jesús verdadero Dios y verdadero Hombre.
                Las palabras propias con las que el concilio de Éfeso declaro este dogma fueron las siguientes:
"Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema."
                El pueblo de Dios al conocer esta declaración estalló en euforía, el nunca lo había dudado: La Santísima Virgen era la Madre de Dios, esa misma noche el pueblo salió a las calles en una memorable procesión de antorchas para celebrara a la Theotokos
                A partir del siglo VI se empezó a celebrar litúrgicamente la solemnidad de Santa María, Madre de Dios el 11 de octubre, sin embargo con la última reforma  litúrgica, la fecha fue cambiada a los días 1 de enero de cada año.
                   Es por esta razón que cuando escucho a un hermano protestante cuestionar porqué llamamos a María “Madre de Dios” me parece de inicio de una discusión estéril y por demás pueril: “ya hace 16 siglos nuestra Iglesia pasó por esta discusión como para tener que volver una y otra vez a la misma, ahora debido a estos nuevos Nestorios que creen tener la verdad del Evangelio”.  Nuestra Iglesia que está en su tercer milenio de Tradición Apostólica, no se equivoca: María es Madre de Dios, porque es Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

jueves, 28 de julio de 2011

El papel de María en nuestra Redención


                En úlrimas fechas ha tomado fuerza la solicitud a Dios para que se declare el quinto Dogma Mariano: "María es corredentora, mediadora y abogada", rezando porque esta petición sea pronto una realidad, ofrezco una sencilla, pero sentida reflexión respecto al papel de Nuestra Madre dentro de nuestra Redención.

               Desde tiempos inmemoriales, la Iglesia, ha invocado a Nuestra Señora como “Corredentora”, título muy apropiado para ella, pues ella participó activamente en la redención realizada por Cristo, ya las Sagradas Escrituras mencionan que:

 “...Al llegar la plenitud de los tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos...” Gal 4,4-5
                En esta lectura, que podríamos equiparar a la cita de Jn. 3, 14-16 (“Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que todo el que creyera en él, no perezca, sino tenga vida eterna...”) San Pablo pone énfasis en el papel de primer orden que juega María en el plan de Redención de Dios: Jesús ha venido a este mundo a redimirnos, y lo ha hecho naciendo de una Mujer...
                Y es que el papel de Nuestra Señora en nuestra Redención no es  para nada secundario, al contrario, ella es la protagonista principal, junto con su Hijo y Señor Nuestro, al punto de que sin ella, no se puede concebir la Redención.
                Lo encontramos en el relato del saludo del Angel a María:
“...Y entrando le dijo: ´Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo´, ella se turbó por estas palabras y pensaba que significaría semejante saludo, El ángel le dijo: ´no temas María, porque has hallado gracia delante de Dios, vas a concebir en el seno y darás a luz a un hijo a quien pondrás por nombre Jesús´...”  (Lc. 1,28-31)
                Este texto puede ser confuso, en un primer momento el Angel Gabriel nombra a María “la llena de gracia”, y unos versículos más adelante, le dice: “no temas, porque has hallado gracia delante de Dios”.  ¿Por qué le dijo esto, si bien sabemos que quien encuentra algo es porque lo ha perdido, o porque anteriormente no lo tenía?, y si María es “llena de gracia” como lo reconoce el Ángel, ¿cómo pudo haberla perdido de manera que la haya encontrado luego, delante de Dios?
                San Alfonso María Ligorio, en su hermosísimo libro: “Las glorias de María” (que por cierto, considero el libro más bello escrito sobre la Virgen María, a la par del “Tratado sobre la verdadera devoción a la Virgen María” escrito por San Luis María Griñón de Monfort)  nos da la explicación: “es que María halló gracia delante de Dios, pero no para ella, pues ella es la “llena de gracia”, sino que halló gracia delante de Dios para todos los hombres que la habíamos perdido por el pecado, por eso ella es Madre de la divina gracia”.

                Veamos pues, de qué forma María tuvo esa participación vital, en la obra de la Redención del  hombre:
                Hay que aclarar un punto muy importante: La  Redención obrada por nuestro Salvador, no se realizó únicamente con el sacrificio de Jesús en la cruz, no, todos los actos de Jesucristo (encarnación, nacimiento, vida oculta, predicación, milagros, y claro su pasión, muerte y resurrección), tienen un valor redentor infinito, de manera que uno sólo de ellos, hubiera sido suficiente para salvar a todos los hombres, como lo veremos más adelante.
                De tal manera que siendo redentora toda la vida de Nuestro Señor, también es corredentora toda la vida de Nuestra Señora, al punto que si San Pablo pudo escribir:
“...En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre (Adán), todos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo (Jesucristo) serán todos constituidos santos...” (Rom. 5,19)
                La Iglesia desde los primeros tiempos reconoció que la misma relación existente entre Adán y Cristo, también existe entre Eva, por quien entró el pecado en el mundo y María, por quien llegó también la salvación, Cristo el segundo Adán, María la segunda Eva, como dice el canto:
...La primera Eva, trajo llanto y frío
Mas tu “Ave” es río
Que hacia Dios nos lleva...


               Veneremos pues a nuestra Madre, ya que siendo la Madre de nuestro Redentor ha sido constituída por su Hijo la Medianera de todas las gracias y Corredentora.

Rafael Sosa

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuando la devoción a la Eucaristía es un mal ejemplo para los demás.


El domingo pasado, 17° de tiempo ordinario asistí a una Misa en los Estados Unidos... yo vivo en una ciudad fronteriza con ese país y por motivos familiares tuve que quedarme el fin de semana entero y por ende, asistir a una parroquia con Misa en español.
                Debo decir que me sorprendió gratamente la manera en la que en esa comunidad se celebra la Liturgia de la Palabra, respetando los debidos silencios sagrados antes de iniciar la celebración, después de cada una de las lecturas y la forma en la que el sacerdote dirigió una homilía breve (15 minutos apenas) pero muy edificante y espiritual. Realmente se creó un ambiente que favorecía la escucha de la Palabra de Dios.
                Todo iba perfecto hasta que entramos a la Liturgia de la Eucaristía: al llegar el momento de la Plegaria Eucarística, yo estaba listo para ponerme de rodillas en cuanto iniciara, consciente de que en Estados Unidos se tiene la dispensa de la Santa Sede que les permite a los fieles mantenerse de rodillas durante toda la Plegaria Eucarística y no sólo durante la Consagración, como sucede en la mayoría de los países del mundo.
                Así pues, cuando después de la aclamación del Santo inició la Plegaria Eucarística, me puse de rodillas, junto con mis hijos pequeños, pero, ¡cuán enorme fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que NADIE (y lo digo con todas sus letras ¡ N A D I E ¡) de los que asistían a la celebración se puso de rodillas, ¡ni uno sólo!, todos permanecían de pie, pensé que se arrodillarían al iniciar la consagración como exige el rito en la mayoría de los países en los que se celebra el rito latino, pero todos sin excepción ignoraron olímpicamente la norma litúrgica que establece la Instrucción General para el uso del Misal Romano (IGMR) que es uno de los documentos litúrgicos escenciales en la Iglesia Católica, en su número 43:  “...estarán de rodillas (hablando de los fieles), a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración.”
            Mis pobres hijos, no sabían que hacer en ese momento, se sentían totalmente fuera de lugar, debo decir que en cierta forma yo también me sentía incómodo por la situación, sentíamos las miradas de los demás sobre nosotros de alguna manera recriminándonos el actuar de una forma diferente, recordé que la misma IGMR en su número 42 nos dice: “La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes” Sí es verdad, pero la uniformidad de posturas se debe de dar respecto a las posturas que manda la misma IGMR, en definitiva, si vamos a uniformar nuestras posturas y movimientos, que sea para lo bueno, no para lo malo, claro que no estaba dispuesto a mantenerme erguido mientras se obraba el milagro de milagros en frente de mí y de mis hijos y menos cuando las mismas rúbricas instruyen que en ese momento los fieles deben permanecer de rodillas.
                En fin, permanecimos de rodillas mientras duró la consagración (como estamos acostumbrados nosotros en México) terminada la cual, nos pusimos de pie para volver a estar en concordancia con el resto de la asamblea. Ya no nos quedamos de rodillas (como era mi intención) durante toda la Plegaria Eucarística.

                Por mi parte me sentía muy molesto por ver la falta de reverencia de esa comunidad ante el Señor, ninguna de las razones que dispensan de la práctica de arrodillarse y que hemos visto más arriba estaban presentes y aunque en el templo no había reclinatorios, eso nunca ha sido una excusa válida para no arrodillarse.
                 En este caso es inadmisible según mi parecer argumentar la fuerza de la costumbre, las normas son claras y simplemente no me cabe en la cabeza, actuar de esa manera muestra en suma, o una gran ignorancia, o una gran falta de fe en la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
                Pero mi molestia y asombro no pararían ahí...
                Llegada la hora de la comunión, nos formamos en la fila, comulgamos y hacemos lo que normalmente hacemos todos los católicos (bueno, debo corregir, "casi todos los católicos"): vamos a nuestro lugar y nos arrodillamos para pasar unos momentos de intimidad con el Señor, no me había percatado que nuevamente, ninguno de los asistentes que ya habían comulgado se habían arrodillado puesto que tenía los ojos cerrados, de pronto creo que el sacerdote celebrante ya no pudo aguantar más y se acercó a mí, para indicarme que me pusiera de pie... ¡qué puedo decir!?!?!?!? ¡El padre, se tomó la molestia de ir a levantarme yendo hasta mi lugar!, (obviamente lo que estaba haciendo era algo que ni siquiera era tolerable para él) Inmediatamente me puse de pie, no era un momento para discutir lo que se debe o no se debe hacer en misa, y al ponerme de pie, me di cuenta que toda la asamblea continuaba de pie.
                Bueno, estoy de acuerdo que el Misal Romano no dice expresamente que después de la comunión deba uno ponerse de rodillas, pero... si estamos en el momento de oración personal más intenso de la celebración, y siendo la postura de rodillas, la que mejor expresa y propicia este ambiente de recogimiento y adoración que se espera de este momento ¿no es este un momento adecuado para estar de rodillas contemplando y adorando a Jesús que ha venido físicamente a morar en mí?
                En fin... continuamos la celebración y como broche de oro, al terminar la misa noté que quien estaba purificando los vasos sagrados recién utilizados en la Misa... era un ministro extraordinario de la Comunión.
Es verdad que el Código de Derecho Canónico establece que un ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, en caso de necesidad puede realizar las funciones propias de un acolito (entendiendo por acólito al varón que ha recibido la orden menor del acolitado) entre ellas la purificación de los vasos sagrados, (Canon 230,3) pero el de esa ocasión no era un caso de verdadera necesidad, no era un número enorme de vasos sagrados (apenas 3), sino que se le delegó esa responsabilidad al ministro extraordinario de la Comunión sólo por comodidad del celebrante.

Salí de esa misa, la verdad con un sentimiento difícil de describir: después de presenciar una Liturgia de la Palabra muy profunda y bella, me encuentro con una asamblea que ha perdido totalmente el sentido de lo sagrado.

Quiero dejar claro que de ningún modo estoy generalizando, diciendo que es un problema de una diócesis, un país o una cultura, claro que no, de hecho, yo y otros amigos hemos tenido la oportunidad de asistir a otras parroquias de esa diócesis en las que se respetan las normas litúrgicas, (de hecho esta ha sido la una parroquia en la que he vivido una situación así). 
  Ahora tengo un problema: En caso de volver a la parroquia en cuestión sería para mí algo inadmisible permanecer de pie durante la Consagración si no hay una verdadera razón para no hincarme y por otro lado, no quiero tampoco dar la impresión de que hago mi santa voluntad yendo contra lo que la asamblea normalmente hace con la anunencia de su párroco. En definitiva, la única salida que resuelve ambos conflictos es buscar otra parroquia donde asistir, seguro que encontraré fácilmente una parroquia en la que el cumplimiento de las normas litúrgicas y la devoción a la Sagrada Eucaristía no sea vista como un mal ejemplo para los demás...