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miércoles, 3 de agosto de 2011

El tercer dogma mariano: La Inmaculada Concepción de María


                Entrañable y muy especial emoción me ocasiona este día tratar el tercer dogma definido en relación a Nuestra Señora, debido a que es el dogma al que se acoge este pequeño apostolado de las Flechas de la Inmaculada: El dogma de la “Inmaculada Concepción de María”, a ella pido su intercesión para poder relatar dignamente tan alta doctrina y gloria que mereció la Santísima Virgen María en virtud de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo.

                En esta verdad definida por nuestra Iglesia en el año de 1854 (muy reciente ya por cierto, considerando los anteriores dogmas ya analizados en las anteriores flechas) reconocemos el amor previsor de Dios Padre, que en su Sabiduría eterna, sabiendo que el Verbo se haría hombre para ser nuestro Redentor, y que por tanto tomaría carne humana del seno de una Mujer, quiso en virtud de los méritos de la Redención de Jesucristo, preservar de toda mancha a esta Mujer, María, la siempre Virgen, y adornarla con toda suerte de gracias al punto de que el ángel la saluda como “La llena de Gracia”, cual si ese fuera su nombre propio.

                Para acercarnos a este dogma de fe, debemos antes que nada, confesar nuestra fe en otro dogma: El del pecado original. La Iglesia confiesa que por el pecado de nuestros primeros padres todo el linaje humano quedó manchado y por ende todos pecamos, como lo atestigua el mismo David: “Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 50, 7) y lo reafirma San Pablo: “Así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron...” (Rom. 5,12).

                De tal manera que, siendo todos los hombres pecadores de nacimiento, era necesaria la Redención de Cristo para poder ser salvados de la muerte y de la esclavitud del pecado, nadie antes de Cristo estaba libre del pecado. Sería Cristo con su Sacrificio Redentor quien abriría los tesoros de la Gracia divina a los hombres y por tanto el cielo, volveremos a este tema más adelante.

                Es del mismo apóstol San Andrés (y celebro que uno de mis hijos lleve su nombre) de quien se recoge el testimonio más antiguo de esta verdad revelada. Frente al procónsul Egeo afirma con su autoridad apostólica: “Y porque el primer hombre fue formado de una tierra inmaculada, era necesario que el Hombre perfecto naciera de una virgen igualmente inmaculada”.

                La Iglesia bizantina celebró desde el siglo VI la Concepción de María en el seno de su madre Santa Ana, ya en el siglo IX pasa esta celebración a Roma explícitamente como “Concepción de María sin pecado original”.

                Esta devoción popular y esta fiesta litúrgica tan entrañable y arraigada en el pueblo cristiano era motivo de debate entre teólogos y pastores de la Iglesia: Si antes de Cristo, el hombre estaba caído en las garras del pecado, y sólo después de su Redención el hombre sería rescatado, entonces María, al nacer antes de que Cristo muriera por nosotros, debió haber nacido también con la mancha del pecado original. Ella al ser criatura de Dios, también había sido redimida por Cristo, por tanto, debió haber estado sujeta al pecado como los demás hombres. La doctrina según la cual María había sido concebida sin pecado presentaba una gran dificultad teológica, dificultad que duraría siglos.

                Está oposición tuvo dos efectos providenciales: un mayor ardor en el pueblo de Dios respecto a esta fiesta y verdad revelada, y además que el paso de los siglos permitiera una mayor profundización de este misterio.  A tal grado había crecido la devoción del pueblo de Dios a esta fiesta que en 1476 el Papa Sixto IV da aprobación oficial estableciendo la memoria de la “Concepción de María”, con liturgia propia.

                Aun no se había definido el dogma, y continuaban voces a favor y en contra de esta verdad, el pueblo sencillo exclamaba “¡María, concebida sin pecado!” mientras los teólogos discutían entre sí.

                En medio de esta polémica, un fraile franciscano escocés, teólogo del siglo XIII y declarado beato por el Papa Juan Pablo II; Juan Duns Escoto, dio con la clave de la solución: “Cristo es el redentor de todos los hombres, también María es redimida, pero hay dos clases de redención; una redención, la que salva de la caída, uno que ha caído y le sacan del hoyo donde cayó, del abismo donde cayó, es un redimido, y así nos ha redimido a todos Cristo porque todos hemos caído en el abismo del pecado original, todos nacemos manchados con esa desobediencia de Adán. Pero hay otra segunda clase de redención que se llama una redención de preservación, una redención que consiste en no dejar caer, en decirle: antes de que caigas al abismo, te recojo en mis brazos y te mantengo elevada; como todos los que han caído, tú no has caído, pero debías haber caído, yo te he preservado por un amor especial.”

                Este era el caso de Nuestra Señora, a quien el amor previsor del Señor, a sabiendas de que tomaría carne mortal de su propia carne, quiso preservarla de toda mancha, pues la carne y sangre que nos redimiría en la cruz no podía en justicia estar manchada por el pecado,  y habiendo tomado carne únicamente de Nuestra Madre, (por la encarnación) no podía entregar en sacrificio un cuerpo manchado por el pecado,  si así hubiera sido, habría que decir que Nuestro Redentor no fue un “Cordero sin pecado que a las ovejas salva”

                Es de total justicia divina que la pureza increada del Verbo merecía tomar carne de una Virgen totalmente pura, sin mancha, para que no tuviera el enemigo motivo para decir que la carne que habría de derrotarlo en la cruz había estado esclavizada a él por el pecado, o mejor dicho: porque la carne que derrotaría al demonio en la cruz no podría dar muerte al pecado si hubiera en algún momento sido esclava del mismo pecado que debía derrotar.

                La dificultad teológica estaba salvada, el pueblo y la gran mayoría de sus obispos exclamaba “Ave María Purísima, sin pecado original concebida”, sólo faltaba la declaración formal del dogma que se hacía esperar.

                En 1830 la Virgen se aparece a la religiosa francesa de las hijas de la caridad: Catalina Labouré y le pide mande hacer una medalla con la siguiente inscripción: “María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos” esta aparición pasará a la historia como “La Medalla Milagrosa”.

                Así pues, cuando en 1850 la Iglesia pasaba por circunstancias difíciles, en un momento de abatimiento, el Papa Pío IX le decía al Cardenal Lambruschini, con respecto a la definición del dogma de la Inmaculada: “No he encontrado solución humana a esta situación” y el cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina Su Santidad El dogma de la Inmaculada Concepción”

               Y el 8 de diciembre de 1854, Pio IX rodeado de la solemne corona de 92 obispos, 54 arzobispos, 43 cardenales y de una gran multitud, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen María:

“… Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente , en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…” (Bula ineffabilis Deus. Pio IX, 8 de diciembre de 1854)

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                El deseo se había cumplido, lo que la Iglesia había creído desde siempre era declarado oficialmente revelado por Dios, a través de un largo camino en el que la Iglesia tomó conciencia de esta verdad revelada, ella misma fue formando en sus hijos, una fe sincera, firme e inquebrantable en la pureza inmaculada de María.

Años más tarde, en un pueblito de los pirineos franceses llamado Lourdes, una jovencita de nombre Bernardette Soubirous  ve a una Señora joven y hermosa a la entrada de una gruta, era Nuestra Señora. En un período de seis meses, Bernardette recibe un total de 18 apariciones, en una de ellas, el 25 de marzo de 1858, Bernardette, aconsejada por el cura de Lourdes le pregunta “¿quién eres?” a lo que la Señora contesta: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Por eso en el prefacio de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción la Iglesia proclama:

En verdad es justo y necesario darte gracias,
siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo,
Dios Todopoderoso y Eterno,
porque preservaste a la Virgen María
de toda mancha de pecado original,
para que en la plenitud de la gracia
fuese digna Madre de tu Hijo
y comienzo e imagen de la Iglesia,
esposa de Cristo,
llena de juventud y de limpia hermosura.
Purísima había de ser, Señor,
la Virgen que nos diera  el Cordero inocente
que quita el pecado del mundo.
Purísima la que, entre los hombres,
es abogada de gracia,
y ejemplo de santidad

                Preguntémonos, si nosotros pobres mortales, pudiéramos adornar a nuestras madres terrenales con las más grandes dotes de hermosura y gracias, a fin de colmarlas de belleza y majestad, ¿no lo haríamos acaso? No lo hacemos porque nuestra limitada capacidad nos lo impide, pero Jesús, con toda su Omnipotencia, Sabiduría y Amor, sí podía y quería engalanar a su Madre con toda clase de virtudes y gracias,  lo hizo y por eso la preservó del pecado original, haciéndola “La llena de Gracia”, como dice un refrán español:
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Si Jesús quería hacerlo y no podía, entonces no es Dios,
Si podía y no quería, entonces no es un buen hijo,
Jesús lo pudo, lo quiso y así pues... lo hizo.

¡María fue concebida libre de toda mancha del pecado original!

martes, 2 de agosto de 2011

Segundo dogma mariano: La Virginidad perpetua de María

 
           El segundo dogma mariano que se definió es el dogma de la Virginidad perpetua de María: María es Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.
           El nacimiento de Jesús de una virgen, tal y como lo anunció el profeta Isaías (Is. 7,14) es confesada desde los primeros tiempos, constan escritos de San Ignacio de Antioquía (años 35-98), San Justino (años 100-168) y especialmente San Irineo  (años 130-202) en los que se expresa explícitamente al nacimiento Virginal de Jesús:  “... y como la humanidad fue atada a la muerte por intermedio de una virgen (Eva), es salvada por medio de otra; por la obediencia de una virgen (María), la desobediencia de una virgen es compensada" (Irineo,V,19). San Atanasio (297-373) escribió: “Jesús, hecho carne, es engendrado en los últimos tiempos de santa María siempre Virgen”. (símbolo de Alejandría, atribuido a san Atanasio).
                De manera que cuando se define el Credo Niceno-Constantinopolitano, nadie disputa la cláusula  “nacido de la virgen María”.
                Las dudas sobre la virginidad de la Madre de Dios, que se basan aparentemente en algunos relatos del Evangelio han sido a través de los años despejadas por las enseñanzas de la Iglesia, y de santos de la altura de San Cirilo de Alejandría, San Agustín, Santo Tomas de Aquino, entre otros:
                En el Evangelio de Mateo 1,25, leemos respecto de José: “y no la conoció hasta que ella dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús”. Podría pensarse que la frase “hasta que” significaría que no había José conocido a María (que en lenguaje bíblico significa tener intimidad conyugal) sino hasta después de que María dio a luz, por lo tanto, una vez nacido Jesús, José y María vivirían como esposos y tendrían hijos, nada más lejos de la verdad.
                Según comenta en su Suma Teológica Santo Tomás de Aquino, la intención de Mateo era dejar claro que José no había tenido relaciones con María antes del parto de Jesús, y es por ello qué el Evangelista tuvo cuidado de alejar esta duda, estableciendo como indubitable que no las tuvo. Pero aún más, el texto en cuestión no quiere decir que después sí, a nosotros nos lo parece por circunstancias lingüísticas del latín, pero la expresión hebrea “ad-ki” que luego se tradujo al griego “heos hou” y al latín “donce” (que en español se traduce a “hasta que”) no significa que después la situación cambie, como sucede en las lenguas que proceden del latín, como el español. La prueba está en el segundo libro de Samuel 6,23 “Así, Mickol mujer de David, no tuvo más hijos, (´ad ki) hasta el día de su muerte”, leerlo en español moderno, nos llevaría a pensar que después de muerta sí tuvo más hijos, cosa totalmente imposible.
                La prueba de que María y José tenían intenciones de tener un matrimonio casto, la da el evangelio de San Lucas, cuando una vez que el Angel le ha anunciado a María que será Madre del Hijo de Dios pone en labios de María: “Cómo será esto, pues no conozco varón” (Lc.1, 34)  María opone a las palabras del ángel una dificultad:   “No conozco varón”,  si la intención de María y José fuera tener relaciones, el anuncio del ángel no les supondría ningún problema y María nunca habría hecho tal pregunta. Por otra parte, María podría haber dicho “No he conocido varón (...aún)”, sin embargo utiliza el presente perfecto, “No conozco varón” el uso de este tiempo puede explicarse en el sentido de la decisión de María (y de José, pues ya estaban desposados) de no tener relaciones una vez que vivieran juntos. En ese sentido el “No conozco varón” podría interpretarse como “No quiero, o no puedo conocer varón”.
                Cuando Isaías anuncia la profecía del nacimiento virginal del Mesías lo hace manifestándolo como un hecho que está ocurriendo ante sus ojos: “He aquí que la virgen está concibiendo y dando a luz un hijo”. La Tradición de la Iglesia ha entendido este pasaje en dos sentidos: “La virgen está concibiendo”  y “la virgen está dando a luz” de tal manera que la Madre del Mesías sería virgen antes del parto y en el parto.
                El relato de los hermanos de Jesús, e incluso que se mencionen sus nombres: Santiago, José, Judas y Simón (Mt. 13,55) Desde antiguo se ha aclarado debido a que la palabra hebrea “ash” (hermano) y “ashot” (hermana) se utilizan también para señalar a primos, tío, parientes e incluso pasianos y correligionarios. Abraham llama “hermano” Lot, a pesar de ser su sobrino (Gn. 13,8) Santiago era primo de Jesús, al igual que José (Mt. 27,56; Mc. 15,40; Jn. 19,25) hijos de algún hermano de José (cuñado de María). Judas inicia su carta autonombrándose hermano de Santiago, y siervo de Jesucristo, (pudo haber dicho, hermano de Jesucristo y Santiago y no lo hizo) (Jud. 1) todas estas dudas son originadas por leer la biblia con desconocimiento de la milenaria doctrina cristiana de la Iglesia y desconocimiento de la Biblia.
Pensemos simplemente ¿Qué sentido habría tenido, que Dios hubiera obrado el milagro de un parto virginal, si la virginidad no iba a ser conservada después?
Se entiende por todo lo dicho, que el tercer concilio provincial de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el año 649, definiera: “Si alguno no reconoce, siguiendo a los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y sin cooperación viril, concibió del Espíritu Santo al Verbo de Dios, que antes de todos los tiempos fue engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su integridad, le dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto, sea anatema”
Cerraremos esta reflexión con una bella historia de Egidio de Asís, uno de los discípulos de San Francisco de Asís:
"Un piadoso y docto fraile dominico, habiendo sufrido durante muchos años graves tentaciones contra el dogma de la perpetua virginidad de María, decidió ir por fin al encuentro de un humilde franciscano, que tenía la facultad de apaciguar las conciencias confusas, con la intención de exponerle las tentaciones. El bienaventurado Egidio, iluminado por el Cielo, salió a su encuentro y ya fuera de las puertas del convento, saludándolo, le dijo: «Hermano predicador, la Santísima Madre de Dios, María, fue Virgen antes de darnos a Jesús», y dicho esto golpeó la tierra con el báculo y brotó de ella inmediatamente un hermoso lirio. Volvió a golpear la tierra y repitió: «Hermano predicador, María Santísima fue Virgen al darnos a Jesús». Enseguida surgió un segundo lirio aún más bello que el primero. Golpeó por tercera vez la tierra, replicando: «Hermano predicador, María Santísima fue Virgen después de darnos a Jesús». Y nació un tercer lirio que, en belleza y blancura, sobrepasaba a los otros dos.
Dicho esto, el bienaventurado Egidio se dio la vuelta, sin más, y entró en el convento, dejando a aquel religioso atónito y al mismo tiempo libre de sus violentas tentaciones.

           Supo después que aquel fraile era el bienaventurado Egidio de Asís, le tuvo en gran estima y mientras vivió, conservó aquellos lirios como testimonio irrefutable de la perpetua virginidad de María."

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuando la devoción a la Eucaristía es un mal ejemplo para los demás.


El domingo pasado, 17° de tiempo ordinario asistí a una Misa en los Estados Unidos... yo vivo en una ciudad fronteriza con ese país y por motivos familiares tuve que quedarme el fin de semana entero y por ende, asistir a una parroquia con Misa en español.
                Debo decir que me sorprendió gratamente la manera en la que en esa comunidad se celebra la Liturgia de la Palabra, respetando los debidos silencios sagrados antes de iniciar la celebración, después de cada una de las lecturas y la forma en la que el sacerdote dirigió una homilía breve (15 minutos apenas) pero muy edificante y espiritual. Realmente se creó un ambiente que favorecía la escucha de la Palabra de Dios.
                Todo iba perfecto hasta que entramos a la Liturgia de la Eucaristía: al llegar el momento de la Plegaria Eucarística, yo estaba listo para ponerme de rodillas en cuanto iniciara, consciente de que en Estados Unidos se tiene la dispensa de la Santa Sede que les permite a los fieles mantenerse de rodillas durante toda la Plegaria Eucarística y no sólo durante la Consagración, como sucede en la mayoría de los países del mundo.
                Así pues, cuando después de la aclamación del Santo inició la Plegaria Eucarística, me puse de rodillas, junto con mis hijos pequeños, pero, ¡cuán enorme fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que NADIE (y lo digo con todas sus letras ¡ N A D I E ¡) de los que asistían a la celebración se puso de rodillas, ¡ni uno sólo!, todos permanecían de pie, pensé que se arrodillarían al iniciar la consagración como exige el rito en la mayoría de los países en los que se celebra el rito latino, pero todos sin excepción ignoraron olímpicamente la norma litúrgica que establece la Instrucción General para el uso del Misal Romano (IGMR) que es uno de los documentos litúrgicos escenciales en la Iglesia Católica, en su número 43:  “...estarán de rodillas (hablando de los fieles), a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración.”
            Mis pobres hijos, no sabían que hacer en ese momento, se sentían totalmente fuera de lugar, debo decir que en cierta forma yo también me sentía incómodo por la situación, sentíamos las miradas de los demás sobre nosotros de alguna manera recriminándonos el actuar de una forma diferente, recordé que la misma IGMR en su número 42 nos dice: “La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes” Sí es verdad, pero la uniformidad de posturas se debe de dar respecto a las posturas que manda la misma IGMR, en definitiva, si vamos a uniformar nuestras posturas y movimientos, que sea para lo bueno, no para lo malo, claro que no estaba dispuesto a mantenerme erguido mientras se obraba el milagro de milagros en frente de mí y de mis hijos y menos cuando las mismas rúbricas instruyen que en ese momento los fieles deben permanecer de rodillas.
                En fin, permanecimos de rodillas mientras duró la consagración (como estamos acostumbrados nosotros en México) terminada la cual, nos pusimos de pie para volver a estar en concordancia con el resto de la asamblea. Ya no nos quedamos de rodillas (como era mi intención) durante toda la Plegaria Eucarística.

                Por mi parte me sentía muy molesto por ver la falta de reverencia de esa comunidad ante el Señor, ninguna de las razones que dispensan de la práctica de arrodillarse y que hemos visto más arriba estaban presentes y aunque en el templo no había reclinatorios, eso nunca ha sido una excusa válida para no arrodillarse.
                 En este caso es inadmisible según mi parecer argumentar la fuerza de la costumbre, las normas son claras y simplemente no me cabe en la cabeza, actuar de esa manera muestra en suma, o una gran ignorancia, o una gran falta de fe en la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
                Pero mi molestia y asombro no pararían ahí...
                Llegada la hora de la comunión, nos formamos en la fila, comulgamos y hacemos lo que normalmente hacemos todos los católicos (bueno, debo corregir, "casi todos los católicos"): vamos a nuestro lugar y nos arrodillamos para pasar unos momentos de intimidad con el Señor, no me había percatado que nuevamente, ninguno de los asistentes que ya habían comulgado se habían arrodillado puesto que tenía los ojos cerrados, de pronto creo que el sacerdote celebrante ya no pudo aguantar más y se acercó a mí, para indicarme que me pusiera de pie... ¡qué puedo decir!?!?!?!? ¡El padre, se tomó la molestia de ir a levantarme yendo hasta mi lugar!, (obviamente lo que estaba haciendo era algo que ni siquiera era tolerable para él) Inmediatamente me puse de pie, no era un momento para discutir lo que se debe o no se debe hacer en misa, y al ponerme de pie, me di cuenta que toda la asamblea continuaba de pie.
                Bueno, estoy de acuerdo que el Misal Romano no dice expresamente que después de la comunión deba uno ponerse de rodillas, pero... si estamos en el momento de oración personal más intenso de la celebración, y siendo la postura de rodillas, la que mejor expresa y propicia este ambiente de recogimiento y adoración que se espera de este momento ¿no es este un momento adecuado para estar de rodillas contemplando y adorando a Jesús que ha venido físicamente a morar en mí?
                En fin... continuamos la celebración y como broche de oro, al terminar la misa noté que quien estaba purificando los vasos sagrados recién utilizados en la Misa... era un ministro extraordinario de la Comunión.
Es verdad que el Código de Derecho Canónico establece que un ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, en caso de necesidad puede realizar las funciones propias de un acolito (entendiendo por acólito al varón que ha recibido la orden menor del acolitado) entre ellas la purificación de los vasos sagrados, (Canon 230,3) pero el de esa ocasión no era un caso de verdadera necesidad, no era un número enorme de vasos sagrados (apenas 3), sino que se le delegó esa responsabilidad al ministro extraordinario de la Comunión sólo por comodidad del celebrante.

Salí de esa misa, la verdad con un sentimiento difícil de describir: después de presenciar una Liturgia de la Palabra muy profunda y bella, me encuentro con una asamblea que ha perdido totalmente el sentido de lo sagrado.

Quiero dejar claro que de ningún modo estoy generalizando, diciendo que es un problema de una diócesis, un país o una cultura, claro que no, de hecho, yo y otros amigos hemos tenido la oportunidad de asistir a otras parroquias de esa diócesis en las que se respetan las normas litúrgicas, (de hecho esta ha sido la una parroquia en la que he vivido una situación así). 
  Ahora tengo un problema: En caso de volver a la parroquia en cuestión sería para mí algo inadmisible permanecer de pie durante la Consagración si no hay una verdadera razón para no hincarme y por otro lado, no quiero tampoco dar la impresión de que hago mi santa voluntad yendo contra lo que la asamblea normalmente hace con la anunencia de su párroco. En definitiva, la única salida que resuelve ambos conflictos es buscar otra parroquia donde asistir, seguro que encontraré fácilmente una parroquia en la que el cumplimiento de las normas litúrgicas y la devoción a la Sagrada Eucaristía no sea vista como un mal ejemplo para los demás...